Abrí mis libros viejos del colegio después de años sin tocarlos, que habían estado cogiendo polvo en una esquina de mi habitación. Estaba pasando las páginas hasta que leí su nombre escrito en aquella página, llenándome de nostalgia. Sonreí y a la media hora me di cuenta de que había pensado tanto que no recordaba ni qué día era. Salí a la calle a recorrer las calles en las que había crecido, buscando recuerdos, las farolas se movían y bailaban con el viento. Me hundí en mis pensamientos una vez más y fue ahí cuando comprendí que, por mucho que tratemos de engañarnos, somos dos imanes que nunca se unirán, pasarán los años y seguiremos mirándonos.
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