Crecí en un pueblo pequeño y bajo la tutela de un desconocido y mi madre. No me miraban mucho a los ojos y apenas me dirigían la palabra. Kanna vivía en la misma casa con pocas pertenencias, mis abuelos decían que debía tratarla con respeto por ser mayor. Ella me enseñó a descubrir el mundo. Nuestro mundo. Mirábamos videos de Dir En Grey y leíamos la Shoxx a escondidas. Besamos al mismo chico, compartíamos todo y nada. Se echó a reír cuando le confesé que me gustaba un compañero de clase llamado Hayakawa y se encargó de contárselo a todo su grupo de amigos. Ella solía fumar porque juraba que la hacía ver genial, se subía el dobladillo de la falda y desafiaba a los profesores cada vez que intentaban hacerla entrar en razón. Quizá me contagió algo de su rebeldía, pero yo era de los que preferían guardar silencio frente a los adultos. Kanna tenía la mala costumbre de tomarme como su conejillo de indias cuando quería probar coloretes y sombras. “Los niños con cara bonita y personalidad de bicho raro como tú no deberían existir”, decía. Nunca me dolieron sus comentarios porque sabía que eran verdad. Si se le ocurría escaparse de noche y beber con algún tipo extraño, yo la seguía. No pretendía cuidarla, solo quería estar ahí, como un espectador. Era una chica volátil y ponzoñosa. Y la única persona que adoré genuinamente.
Kanna se quitó la vida en abril, cuando los pétalos del cerezo de mi madre comenzaron a caer. La encontré en su futón, como si se hubiera quedado en un sueño profundo. El shōji entreabierto permitió que la habitación se llenara del rosa más bonito que jamás haya visto. A su funeral asistieron pocas personas, todas desconocidas, excepto mi familia. Se recitaron sutras y colocaron sus cenizas en el butsudan. Observé todo y lo repetía una y otra vez en mi cabeza. Ojalá hubiera sido un mal sueño. Ojalá Kanna hubiera aparecido durante la madrugada para asustarme y contarme entre risas que era una broma.
La primavera no volvió a ser igual después de eso.
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