Baja los ojos como quien se rinde,
como si el mundo
pesara de más,
hay un temblor que apenas se intuye
entre su aliento
y la soledad.
Sus mejillas,
pétalos vencidos,
y una flor en el pelo que ya no sonríe.
Parece frágil…
como el recuerdo
de algo que nunca debió irse.
El cuarto es un murmullo sin forma,
colores suaves
que no consuelan,
y ella,
sentada entre sombras y telas,
lleva en la piel el cansancio de estrellas.
Quizá llora por dentro,
en silencio,
como lloran los árboles sin raíz,
y en su pecho late un invierno
que nadie más parece oír.
No hay lágrima… pero hay vacío.
No hay grito… pero hay dolor.
Y en ese
gesto caído y herido,
algo en ella pidió perdón.
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