Hansei ha atestiguado muchas historias. Pocas tan dignas de ser susurradas entre pasillos como la de Heo Seong-min y Kang DeJun. Dos herederos que crecieron compartiendo el mundo con la arrogancia de que les pertenecía. Reyes de reyes. En su juventud, nada les había sido negado; las puertas se abrían con sus apellidos, las oportunidades llegaban antes de que las desearan. Eran amigos, sí, pero también rivales en un juego de poder que ninguno entendía del todo.
El tercero en discordia era Kim SeoJoon. El más sensato de los tres. Él, desde su posición de observador, intuía el final antes de que la historia comenzara. Y, en medio de esa amistad que lo tenía todo —dinero, ambición, promesas de grandeza— apareció ella.
Na Eun-sol no era como ellos ni por asomo.
No tenía la voz modulada por institutrices privadas ni la piel acostumbrada a la caricia del lujo. Eun-sol no nació en cuna de oro y no tenía apellido que adornara una genealogía impecable. No tenía una mansión en Gangnam ni conexiones en la Asamblea Nacional. No había sido amamantada con privilegios ni educada con el peso del linaje sobre sus hombros. Usaba ropa de segunda mano y su sonrisa siempre era honesta. Una estudiante más, una joven de origen humilde, de campo, que trabajaba en la biblioteca universitaria y se pagaba la carrera con lo que ganaba en cafeterías de madrugada.
La primera vez que Seong-min la vio, ella estaba agachada junto a un estante, reordenando libros con el ceño fruncido. Se distrajo lo suficiente para no notar el borde de su falda atrapada en la bisagra de la estantería. Cuando intentó ponerse de pie, el tirón fue inevitable.
—Mierda— masculló ella, tratando de zafarse con dignidad.
Seong-min, que había ido a la biblioteca solo para devolver un ejemplar de Demian, no pudo contener la risa.
—No es la mejor forma de declararle la guerra a los libros.
Eun-sol alzó la vista y, al verlo, sus mejillas se encendieron de inmediato, un par de faroles negando el paso peatonal. No estaba acostumbrada a que alguien la mirara, y mucho menos así: con diversión, con curiosidad.
—Podrías ayudar en lugar de quedarte ahí parado.
Seong-min se acuclilló frente a ella y, aunque sorprendido por la actitud insolente, con un movimiento rápido liberó la tela atrapada.
—Listo. Pero creo que el estante ganó esta ronda.
No fue un amor fulminante. No de inmediato. Seong-min empezó a buscar excusas para ir a la biblioteca más seguido, al principio con el pretexto de estudiar, luego simplemente para verla. Eun-sol no tardó en notar su presencia constante, pero en lugar de sentirse intimidada, se encontró sonriendo más de la cuenta.
—Si sigues viniendo así, terminarás memorizando cada título de la sección de filosofía —comentó un día, mientras acomodaba ejemplares de Aristóteles.
—¿Y eso es algo malo?
—Depende. Si piensas usarlo para impresionar a las chicas, es un método poco efectivo.
—No estoy intentando impresionar a todas. Solo a una.
Y así, como si fuera la cosa más natural del mundo, Eun-sol cayó.
Pasaron tardes enteras caminando por los senderos del campus, compartiendo cafés fríos y sueños inciertos. Seong-min, por primera vez en su vida, sentía que no tenía que ser un Heo, ni un heredero, ni la sombra de su apellido. Solo un hombre enamorado.
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