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¨¿¡Dónde carajos están!?¨ – Columna 6

Dec 12, 2025

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¨¿¡Dónde carajos están!?¨ – Columna 6
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11:30 p.m. — Parque San Francisco de Asís, San Borja

A Rosina le temblaban las manos. El corazón le latía como si alguien la hubiera empujado desde el décimo piso de un edificio. Se sentaron en una banca. Federico la miraba con esa serenidad cínica de quien ya huele la mierda desde lejos.

—Fede… te traje a este parque porque tengo que confesar algo. Hay varias cosas que Kaito no te ha dicho, pero necesito ser yo quien te las diga.

—Creo saber lo que me vas a decir… pero está bien, te escucho —responde él, con una resignación seca.

El tiempo se detuvo. Los árboles se callaron. Hasta el sonido de los autos parecía estar esperando el golpe.

—Sí, estuve saliendo con Kaito. Pero te juro por mi vida que no pasó nada entre nosotros. Él me insistió para que no te dijera nada… pero ya no puedo callar más. La verdad de todo es que yo solo estuve con él porque quería estar cerca de ti. Te juro que no pasó nada, Fede. Me gustas. Me gustas mucho.

Federico no dice nada. El silencio no es por pena, es por rabia. Rabia contenida. Cada palabra sobre Kaito le provocaba un desprecio nauseabundo. Su mejor amigo, su hermano, su pata de toda la vida, se había revolcado emocionalmente con su ex.

Rosina le agarra la pierna como si eso pudiera suavizar lo imperdonable.

—Solo necesito que me creas, Fede. Todo lo hice para que volvamos a estar juntos… Te necesito.

Y entonces él la besa. Pero no por amor. Ni por deseo. La besa por venganza. Por puro despecho.


11:30 p.m. — Casa de Natasha, Pentagonito, San Borja

—¡¿Dónde carajos están?! —grita Kaito, fuera de sí—. Llevamos dos putas horas esperándolos y no regresan. La puta madre. Me están cagando, yo lo sé, ¡lo sé!

Natasha intenta calmarlo. Siempre fue la mediadora, la que quiere ver lo bueno hasta en el apocalipsis.

—Kai, tranquilízate. Capaz les pasó algo. No contestan los celulares. ¿Pero cagarte de qué? No entiendo…?!

—¡No seas tonta, Nat! —le grita él—. Nos han dejado plantados como dos imbéciles.

Ella intenta llamar a la madre de Rosina. Él quiere reventar algo, gritar, llorar, partirse en dos. Agarra un vaso y lo estrella contra la pared. Estalla como estalla el alma cuando la traición no es solo sentimental, sino fraternal. Natasha lo mira como si hubiera descubierto que el Kaito dulce ya no estaba. Que ahora había un tipo roto frente a ella, con una herida abierta.


Cinco meses antes…

Eran finales del verano del 2016. Ese momento cuando el calor se apaga, las risas de piscina se diluyen, y los romances de temporada se evaporan. En nuestro grupo, todo se estaba desarmando.

Nuestro amigo Miguel había salido con Amelia, la prima de Federico. Y así llegaron sus amigas. Se armaron las “parejas” de verano como si fuéramos adolescentes en un reality: Miguel con Amelia, Federico con Rosina, y yo con Frida.

Fue rápido, superficial, como el verano. Federico nunca quiso a Rosina. Estaba con ella por inercia. Ella, en cambio, lo adoraba. Vivía para él. Frida me lo dijo: hablaba de Fede día y noche. Yo, en cambio, sí quise a Frida. Pero me dejó. Y esa misma noche se besó con medio Lima en una discoteca del sur.

Esa noche, fumando con Fede en la bodega del barrio, me dijo:

—Hoy viene Rosina. Le voy a terminar.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Si tú ya no estás con Frida, yo no tengo por qué seguir con Rosi. Nunca me gustó.

Así de simple. Así de cruel. Horas después, Rosina llegó. Entraron a la zona de la piscina del edificio de Federico. Yo los veía desde lejos, intentando leerle los labios a Fede. Sus palabras la destruían. La vi irse llorando. Me levanté y fui a buscarla. Caminamos unas cuadras para embarcarla en un taxi. No dije mucho, solo escuché. Antes de subirse al Uber, me abrazó y me dijo:

—Gracias por escucharme, Kai. Frida fue una tonta por dejarte.

Pasaron los días. Rosina me hablaba. Mucho. Notas de voz eternas, como podcast de una sola persona rota. Me preguntaba si creía que Fede iba a volver con ella. Me preguntaba cómo recuperarlo. Parecía una ingenua enamorada. Pero parte de mí —la parte más sola, más rota— pensaba: ojalá alguien se obsesionara conmigo así.

Una semana después me invitó al cine a ver El Conjuro 2. Dudé en aceptar. Pensé en preguntarle a Fede si le parecía bien… pero no lo hice.

Fuimos al UVK de Larcomar. Durante la película se apoyó en mi hombro. Estaba confundido. No sabía si era cariñosa o quería algo más. Al final me agarró la mano y sentí que volteo su rostro para verme. Yo no me atreví a girar.

Empezamos a vernos más seguido. Me empezó a gustar. Una noche nos besamos en el lobby de su edificio. Me sentí mal. Confundido. Pero convencido de que debía decirle la verdad a Federico.

Le conté a Rosina mi decisión. Me apoyó… a medias.

—Aún no es el momento, Kai. Esperemos un poco más.

Federico empezaba a sospechar. A veces me preguntaba si pasaba algo entre Rosi y yo. Me reía. Le decía que no. Que eso era imposible. Que solo éramos amigos.

Pero yo quería contarle la verdad. Hasta que finalmente decidí hacerlo.

Llegó el día en que había decidido firmemente que le iba a decir toda la verdad a Federico sin importar lo que me dijera ella. Se lo comenté a Rosina solo para que estuviera al tanto. Ella accedió.

Esa noche, Natasha —la mejor amiga de Rosina— nos había invitado a los tres a ir a una fiesta que estaba organizando un amigo de ella por su regreso a Lima.

Fui a recoger a Federico a su casa para después tomar un taxi con dirección a la casa de Natasha para recoger a las chicas. Tenía claro que mi plan era decirle toda la verdad a Fede cuando estuviéramos los cuatro juntos en la casa de Natasha antes de ir a la fiesta.

Llegamos a la casa de Natasha. Las chicas salieron y dijeron que primero vayamos a comprar hamburguesas. Mientras comíamos, Rosina me escribió:

—¿Ya le dijiste la verdad a Fede?

—No. Se la diré cuando regresemos a la casa.

Llegamos a la casa de Natasha. Estaba nervioso, tenía la sensación de que mis manos estaban sudando fríamente. Lo único que pedía era que Fede se tomara bien la noticia. Sabía, de alguna forma u otra, que al ingresar a esa puerta algo cambiaría. Pero antes de ingresar, Rosina dijo:

—Iré al market a comprar un chicle… ¿me acompañas, Fede?

Federico aceptó. Mientras veía cómo ellos se iban lentamente y yo ingresaba a la casa de Natasha, se me paralizaba el corazón al no entender qué acababa de suceder en ese momento. Lo único que se me pasaba por la mente era:

—¿Por qué le pidió a Federico acompañarla y no a mí? No son celos lo que estoy sintiendo… ¿ella le va a querer decir la verdad sin mi presencia? ¡Carajo! Kaito… no pienses mal, quizás realmente solo van a ir a comprar algo y regresarán a la casa. Respira y tranquilízate.

Cada minuto que pasaba dentro de la casa de Natasha me atormentaba cada vez más. Me sentía cada vez más frustrado. Se sentía un ambiente vacío y silencioso en la sala de Natasha, mientras por dentro yo estaba con mis demonios internos tratando de no destruir nada.

Pasaron 3 horas…

—Kai… llamaré a la madre de Rosina para que la busquemos en su carro, les pudo haber pasado algo —me dijo Natasha, preocupada.

Natasha. ¿cómo puedes ser tan estúpida? ¿No te estás dando cuenta de que estamos aquí como idiotas esperándolos para ir a una puta fiesta de mierda, mientras ellos se deben estar burlando de mí, comiéndose la boca? Eso y otras cosas más era lo que pasaba por mi mente en ese momento. No le respondí.

Mientras escuchaba cómo Natasha hablaba con la madre de Rosina, no soporté mi ataque de celos y reventé un vaso de vidrio de la mesa de Natasha. No soportaba más la situación. Natasha me vio y trató de tranquilizarme.

Llegó la madre de Rosina. Natasha y yo subimos al carro. Nos la pasamos buscándolos aproximadamente 30 minutos. La madre de Rosina manejaba con nervios al ver que su hija estaba desaparecida, haciéndole mil preguntas a Natasha. Yo solo me quedaba callado viendo por la ventana de la derecha, sabiendo intuitivamente que no les había pasado nada.

Hasta que, en plena avenida, al cruzar una calle, veo de espaldas la silueta de Federico y Rosina caminando. Actué por impulso: mientras el carro iba en marcha, abrí la puerta y salté. Corrí hacia ellos, grité el nombre de Federico, y él volteó. Me miró con desprecio. ¡Él lo sabía! Rosina le había contado. Estaba ahora sí 100% seguro de lo que estaba sucediendo a mis espaldas. Me ganó la cólera y la frustración, y corrí directamente a golpear a Federico. Ya sabía que todo se había arruinado.

Él reaccionó al recibir mi golpe y me lo devolvió. Mientras Federico y yo nos comenzamos a golpear como dos cavernícolas incivilizados, Rosina se alejaba de nosotros lentamente, hasta llegar al carro de su madre y irse.

Mientras nos golpeábamos sin piedad, como si no quedara ni un pequeño rastro de amistad entre nosotros, Federico me dijo:

—¡Eres un imbécil! ¿Tan maricón puedes ser para no decirme la verdad en la cara? ¡Rosina tuvo los huevos que tú no tienes para decirme la verdad que no querías que supiera!

—¿Qué? —le respondí indignado e intrigado.
Me alejé de él y le dije que parásemos. Le dije que eso no era cierto. Necesitaba que me explicara exactamente qué le había dicho ella sobre la situación.


30 minutos después…

12:30 a.m. — Grifo Primax, Av. Aviación

Nos encontrábamos los dos sentados en la vereda con dos botellas de agua y una pequeña bolsa de hielo que habíamos comprado en el grifo para desinflamarnos la cara.

Nos encontrábamos en silencio, hasta que le pregunté:

—¿En serio te dijo que estuvo conmigo solo para estar cerca de ti?

—Sí, me dijo que quería volver conmigo y que fuera su pareja de promoción —sonrió.

—Que perra…

Nos reímos como si no hubiera pasado nada esa noche y pedimos un taxi para regresarnos a Magdalena.

Años después, Rosina regresó a nuestras vidas. Comenzó a salir con otro hombre de nuestro grupo de amigos.

Pero esa es otra historia para otro momento…

Naoki Uyehara

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