Hoy, el mundo me pesa más que ayer,
el café se enfría en la mesa,
y la ventana no sabe mentir:
estás lejos.
Domingo es el día que duele,
el que araña la garganta,
el que deja la cama vacía
como una herida que no cierra.
Te pienso en el humo de un cigarro,
te imagino en risas que no son mías,
te busco en las grietas de este cuarto
y solo encuentro mi propia sombra.
No sé cómo desatarme de tu nombre,
cómo arrancarme este hábito cruel
de esperar que vuelvas
a un lugar que nunca fue tuyo.
Es domingo y lo odio por recordarme
que nunca serás
el refugio donde pueda llover tranquila.
Me quedo aquí,
mirando la nada,
mendigando migajas de un
amor
que no quiso quedarse.
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