Propicia peste, los muelles no pueden
transgredir tu finitud con lo inerte;
oh peste, los roedores no pueden evitar
encauzarse, ni regocijarse en tu muerte.
No hay traje vago, lóbrego y opaco
que evite que hurtes mi vigor.
Muerto me hallo, engalanando a mi cuerpo
de cuero, y portando la máscara del horror.
La calamidad ha penetrado las brechas
que te retraían de mi cuerpo;
y pálido me encuentro, mientras estrujas
cada rincón de mi longevo tiempo.
Deja que la escasez del aire me corrompa,
si eso es lo que quieres;
deja que la vigilia marchite a mi rosa,
si es a ella a quien temes.
Deja que tosa mi sangre,
y su matiz me remita a los rosales
que no he frecuentado,
a la parentela que no he amparado,
y a los organismos que no he salvado.
Escalofríos percuten mi alma,
peste efímera y destinada
a dejar a mis extremidades sin cura,
y rostros que amé en amarga tortura.
Pero nunca despojes a mi rosa afín;
solo destierra mi cuerpo de tu campo
y aviéntalo al más lejano jardín.
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