Start writing for free on quadernoEliana Marina
Se cayó la lapicera y vi que había un agujero. Se mezclaba con el diseño del mosaico y, similar a un portal blanco, desaparecía en el fondo gris. Apoyé la rodilla en el suelo y sentí el frío, me acerqué despacio. Conteniendo mis ganas de frotar mi piel de lija, para darle calor. Para devolverle nuevamente su aspecto liso, suave como un papel. Y mi ojo entró en el agujero blanco, el otro cerrado evitaba el estorbo de las migas del piso. Caía una bruma en mis pestañas, lágrimas de polvo, que no llegaban a tocar la mejilla. El frío se volvió un ardor que me quemaba los nervios de la cara. Pero forcé, como nunca antes había forzado, la vista. Para distinguir algo que se asomara entre lo blanco, algo de algún otro color. Pestañeaba para aclarar el paisaje. El coraje estaba puesto en no levantar la cabeza, no alejarse. De hacerlo, lo que fuera que esa puerta hubiera abierto, se cerraría para siempre. Me concentré y pensé en las nubes que son igual de blancas. En el ruido blanco. En la pintura látex. En la masilla de pared. En la pasta Ballina. Era como recitar con la mente la contraseña de un club privado, en un bar oculto. Lo que hiciera falta para ver, para descubrir. Y finalmente vi. Un punto azul que cada vez parecía definirse en contornos más rectos. Más grandes. Estiré, metí la mano y sentí la redondez de la lapicera que finalmente saqué del agujero. Me senté, satisfecha, y me limpié la cara con el pulóver. Volví al piso, que se había cerrado, y nuevamente al cuaderno para continuar donde lo dejé.
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