Enterré hace años en mi garganta un dolor de las entrañas.
Una bronca, una impotencia, un espanto.
Y me raspa cada vez que quiero cantar a los gritos.
Lo tengo alojado en el pliegue más sutil de la lengua
porque no necesita mucho espacio.
Una manchita, indetectable e indeleznable.
Deleuze y el edipo de la nada.
La alimenté sin darme cuenta durante décadas,
pero no creció a lo ancho, sino a lo largo.
Cada vez más profunda, más enterrada,
el pliegue llega hasta el centro de la tierra y vuelve.
Ya son varios muertos apilados.
Todavía no se qué espero, en verdad.
La pinza late en el fuego, cauteriza.
El significante vacío al que le abundo de significaciones.
El gran vacío y la única certeza.
Me pregunto si alguna vez me veré como me ven.
Como un cuerpo entero, ajeno, más o menos íntegro.
Una cara cambiante, la imagen que meta parla y cambia con las estaciones.
Hundiré al lado otro nudo que tenga la ternura como estandarte.
Y que convivan, porque negarse ya no se puede.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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