Nunca imaginó que la memoria pudiera doler tanto cuando el corazón carga el recuerdo de un ser vago y vacío. A veces lo imaginaba otra vez a su lado, durmiendo con tranquilidad mientras su respiración calmaba aquella mente tormentosa que poseía y su dulce piel de porcelana se adornaba con suaves sombras.
Unos lunares tan hermosos, mismos que dibujaban diminutas constelaciones como fragmentos de noche suspendidos bajo los telescopios de los científicos locos y, como el aficionado que era, solía recorrerlos con los dedos como si fueran un mapa que lo guiara al centro de algo puro.
Pero el otoño llegó más largo de lo habitual, las palabras se agotaron, el cansancio se prolongó y el amor <ese que creía eterno> comenzó a doler más de lo que abrazaba. Ahora cada vez que intenta dormir, siente que todavía los toca aunque sabe que solo roza el aire y al despertar de su ensueño, la cama es demasiado grande.
Amar fue perderlo todo y aun así, seguir mirando las estrellas con la creencia de que alguna pudiera devolverle su nombre.
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