Dios mío, Dios desollado,
tu silencio es un pájaro muerto en mi boca.
La cruz, astilla negra en el costado,
un poema de sangre que nadie convoca.
Tus lágrimas, rocío espectral,
humedecen la nada que me habita.
Tu agonía, un jardín terminal,
donde mi corazón, larva infinita,
se arrastra, buscando la luz de tu pena,
la grieta en tu sombra, el hueco divino.
Porque en tu martirio, Dios, mi alma ajena
reconoce su propio y helado destino.
Te ofrezco este miedo, esta ternura opaca,
este cariño espectral, casi un olvido.
Dios de la llaga, tu faz me ataca
con la belleza cruel de lo no vivido.

peregrino
Desde la herida, la palabra. Poesía como un hueso astillado, películas, fantasmas en celuloide, música, un nudo en la garganta. Existir es este temblor.
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