Dime qué hago con esta manera mía de recordarte
como si fueras una canción que alguien dejó sonando en otra habitación.
Porque no importa cuántas puertas cierre,
ni cuántas ciudades atraviese,
ni cuántas madrugadas intente domesticar con café y silencio:
siempre hay un momento del día
—un segundo apenas—
en que vuelves.
A veces es tu risa.
A veces es la forma en que pronunciabas mi nombre,
como si fuera algo frágil
que había que sostener con ambas manos.
Y otras veces
es algo más cruel.
Es el recuerdo exacto
de cómo te mordías el labio
cuando querías decir algo
pero decidías no decirlo.
Dime qué hago con eso.
Dime qué hago con las palabras que nunca dijimos
y que ahora viven en mi cabeza
como pájaros golpeando una ventana cerrada.
Porque hay cosas que uno no sabe dónde guardar.
No se pueden meter en una caja,
ni en un cajón,
ni en el fondo de un poema.
Hay recuerdos que son como el mar:
aunque uno intente olvidarlos,
siempre encuentran una forma
de volver a la orilla.
Yo he intentado todo.
He intentado ser otro.
He intentado escribirte menos.
He intentado convencerme de que lo nuestro
fue apenas un accidente hermoso
en medio de una vida demasiado larga.
Pero la verdad —la verdad incómoda—
es que hay amores
que no se van.
Se quedan.
Se quedan como una cicatriz que nadie ve
pero que arde
cuando cambia el clima del alma.
Dime qué hago con las noches.
Con estas noches en que la ciudad se apaga
y el silencio empieza a decir tu nombre
con una paciencia casi religiosa.
Dime qué hago
cuando de pronto recuerdo
cómo me mirabas.
Porque nadie me ha vuelto a mirar así.
Como si yo fuera
no sé
una casa en medio de la tormenta.
Como si en mí hubiera algo
que merecía quedarse.
Y tal vez ese fue el problema.
Que tú te quedabas
pero nunca del todo.
Siempre había una parte de ti
mirando hacia otra parte del mundo.
Siempre había una puerta entreabierta.
Siempre había algo
que no terminaba de suceder.
Y yo, que siempre he sido un hombre torpe para las despedidas,
me quedé allí.
Esperando.
Esperando como esperan los faros
a barcos que nunca prometieron volver.
Dime qué hago con esta costumbre de imaginarte.
Porque todavía te imagino.
Te imagino caminando por alguna calle
que no conozco.
Te imagino riendo
con alguien que no soy yo.
Te imagino viviendo una vida
en la que mi nombre
ya no pesa.
Y a veces —lo confieso—
eso me rompe un poco.
No por celos.
Ni por nostalgia.
Sino por esa extraña certeza
de que lo que fuimos
era irrepetible.
Como esas tormentas que iluminan el cielo
una sola vez
en toda una década.
Dime qué hago con el amor
cuando ya no tiene dónde vivir.
Porque el amor, cuando se queda sin casa,
se vuelve algo extraño.
Se vuelve recuerdo.
Se vuelve música.
Se vuelve poema.
Se vuelve esta cosa
que ahora mismo estoy escribiendo
mientras la madrugada respira despacio
detrás de la ventana.
Tal vez eso es lo único que sé hacer.
Escribir.
Escribir como quien abre una herida
para que respire.
Escribir como quien lanza una botella al mar
con la esperanza absurda
de que algún día
llegue a la orilla correcta.
Dime qué hago con todo esto.
Con las calles que aún pronuncian tu nombre.
Con los bares donde todavía vive tu sombra.
Con las canciones que arruinaste para siempre
porque ahora todas
suena un poco a ti.
Dime qué hago
con esta versión de mí
que todavía cree
que en algún lugar del mundo
estás pensando lo mismo.
Que a veces,
en medio de la noche,
también te preguntas
qué habría pasado
si nos hubiéramos quedado
un poco más.
Si hubiéramos tenido
un poco más de paciencia.
Si hubiéramos sido
un poco menos orgullosos
y un poco más valientes.
Pero la vida no funciona con “si”.
La vida es esta cosa brutal
que sigue avanzando
aunque uno se quede atrás
mirando un recuerdo.
Así que aquí estoy.
Con un poema entre las manos
y tu nombre
dando vueltas en la cabeza
como un planeta sin órbita.
Dime qué hago.
Porque todavía hay días
—demasiados—
en que todo lo que quiero
es volver a ese instante exacto
en que aún no nos habíamos roto.
A ese segundo frágil
en que el mundo era simple
y bastaba con que te quedaras.
Pero el tiempo, ya sabes,
no retrocede.
El tiempo es un río testarudo
que nunca aprende a mirar atrás.
Y yo…
yo sigo aquí
en la orilla,
con el corazón lleno de cosas
que ya no tienen destino.
Así que dime qué hago.
Porque quererte
se me quedó dentro
como se queda la lluvia
en la tierra.
Como se queda la música
en una habitación vacía.
Como se queda tu nombre
en la parte más silenciosa
de mi vida.
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