Solía sentirme abrumada en los días nublados, con un pesar que no sabía cómo llevar ni hacia dónde dirigir.
Con el tiempo aprendí a acostumbrarme a esos pensamientos, tal vez a reprimirlos.
Pero es real: en algún momento llega esa persona que te hace sentir en casa. Entonces, los días nublados ya no pesan, las palabras fluyen sin miedo de mi garganta, y esa persona las cuida como si fueran un tesoro nunca antes descubierto ni apreciado.
Quizás no sea para siempre. Quizás aquellos días, en algún momento, se terminen; pero me alegra haberlos vivido distinto y que la vida me haya llevado hasta ese lugar.
Encapsular ese instante de otra manera no se me ocurre, ni podría. Lo intento, pero parece no ser suficiente, si se trata de amor nunca lo es.
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