Días grises, veranos tristes.
Me pregunto si el mes en el que todo se olvida volverá a contar las horas.
Cuando el minuto se vuelva lento y la vida corta, me pregunto si te veré nuevamente en la esquina.
Si tus brazos, tu sonrisa y tus ojos tan llenos de amor volverán a estar observándome,
como lo hacías con aquella niña que solo sabía correr.
El café volvió a saber amargo,
las tardes se llenaron de vacíos innecesarios,
y creo que no recuerdo la última vez que levanté una carta.
No podría decir con exactitud la cantidad de pequeñeces que perdí,
ni las que encontré.
Una nueva yo que nació, murió
y tuvo que volver a nacer.
Me pregunto si me ves
en rincones a los que no llego
y en sombras que aún no contemplo.
Días de verano, días de invierno.
El frío ya no proviene de estaciones,
de vientos o cambios climáticos.
Pertenece al rinconcito de mi pecho
donde solía habitar algo,
alguien que ya no es nadie.
Me gustaría decir que aún quedan palabras en mi boca para decir,
abrazos para dar
y risas que contar.
Mi dulce primavera,
creía que los días no llegarían,
pero parece que el tiempo, cuando desea,
atrapa más rápido de lo que mis manos podrían.
Me gustaría poder decir que vencí a las horas,
pero la tristeza llega
y azota como un mar furioso.
El fuego arde,
quemando cada rincón de la casa que construiste.
Miles, millones de cuadros destrozados.
Comienzo a olvidar las voces,
aquellas que solo sabían decir “te quiero”.
Incluso comienzo a olvidar la sensación hogareña de tu reír,
tus ojos achinados al sonreír.
Me gustaría decir que vencí a la melancolía,
pero luego recuerdo
y sigo perdiendo.
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