Hay días en los que el pan no alcanza
y no es metáfora.
En los que el gas se corta
y la olla queda sola,
como la madre que la mira
y le dice al hijo
que no tiene hambre.
Días en los que el colectivo no viene
y se llega tarde al trabajo
y se descuenta el día
y no se discute.
Porque discutir es un privilegio
de quien no teme perderlo todo.
Hay semanas que empiezan sin monedas,
con la zapatilla rota,
con el cuerpo cansado desde el lunes,
y sin embargo
se sigue,
se sigue igual.
Y en algún momento —entre un mate lavado
y el ruido de la vecina lavando ropa a mano—
aparece esa bronca tibia,
esa angustia que no llora
pero aprieta el pecho.
Y no es tristeza.
Es saber que esto no debería ser así.
Que vivir no puede ser solo resistir.
Que alguien se está quedando con todo
mientras nosotros contamos las monedas
como si fueran migas de dignidad.
Y entonces uno junta el coraje
como puede
y se jura que no siempre será así.
Aunque duela.
Aunque tarde.
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