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Me volví religiosa el día que te vi a los ojos,
como quien encuentra la penumbra
rodeada de espejos pintados de negro;
tu nombre es el único rezo
que me atraviesa los labios,
y mi cuerpo, antes desierto,
hoy es un campo ardiendo.
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Bajo el cielo vacío de tu ausencia,
me ofrecí como ofrenda
al fuego que eras,
sin esperar redención,
sin pedir clemencia.
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Te pienso como se piensa a los muertos,
con la devoción de quien no sabe
si alguna vez volverá a verte,
con la certeza de que te pertenezco
más allá de la piel,
más allá del miedo,
como si el amor fuera
la única religión que me queda.
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Y mientras el mundo sigue girando,
yo, exiliada de todo lo que fui,
te sigo buscando en los espejos,
en las palabras que se rompen
cuando intento decirte que,
en el vacío que dejaste
el día que te vi a los ojos,
supe que ya no habría regreso,
que vos serás mi fe,
mi único anhelo.
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