Por las tardes,
cuando el sol me envuelve en sus últimos rayos,
cierro los ojos.
Dejo que el calor me atraviese
antes de que se apague.
Viajo lejos,
no en distancia,
sino en tiempo.
Me arrastran escenas
de lugares que ya no existen.
Vuelven esos ojos grandes, apenados.
Siento el cuero caliente de una camioneta,
el cosquilleo en la panza,
besos suaves en el cuello,
una mano firme en mi espalda.
Me estremezco.
Me río.
Y alguien más también.
Corro por veredas rotas,
me apoyo en un hombro en el colectivo.
Estoy ahí.
Otra vez.
Vuelven caricias que conocí.
Recorren todo,
me llenan de alegría.
Una palma roza mi mejilla
y el mundo se detiene.
Giro con un vestido.
Pierdo el equilibrio.
Me mareo,
y caigo.
Caigo en unos brazos que me sostienen.
Siento las hojas avejentadas de un libro.
Mi voz, serena,
lee en voz alta,
y alguien escucha.
Me rodea gente,
un público inmenso.
Pero hay alguien que me mira
como si solo existiéramos nosotros dos.
Y sonríe.
Entonces,
el sol termina de ocultarse.
Y ya no hay calor.
No hay manos.
Ni ojos.
Ni sonrisa.
No está.
No me escucha.
No me espera.
Y solo me queda
esperar a que el sol empiece a caer una vez más,
y que su último rayo
me devuelva los destellos.
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