Hay una infancia
que no concluye.
Se exilia.
Permanece agazapada
como un animal que aprendió
a no hacer ruido.
A veces quisiera volver.
No a los años.
A la intemperie abolida.
Acurrucarme en los brazos de mamá.
Pedirle a papá
que se quede un rato más.
Entonces ignoraba
que toda protección
es apenas una forma delicada
de la ignorancia.
Hoy cargo con este cuerpo
pesado,
gris.
Lo conduzco con una disciplina
que no me pertenece.
Hay días
en que la adultez
no es más que una impostura
sostenida por el hábito.
Una sintaxis del disimulo.
Y debajo de esa gramática
persiste una criatura
que todavía aguarda
el sonido de unos pasos
en el pasillo.
Qué desventura
advertir que el desamparo
no comienza cuando faltan los padres.
Comienza cuando comprendemos
que ninguna voz
volverá a interrumpir el mundo
para decir:
“ya podés descansar.”
Desde entonces
cada mañana exige
una porción de mí
que jamás terminó de nacer.
Hay algo obsceno
en sobrevivirse.
Vestirse.
Responder.
Sonreír con precisión.
Habitar el propio nombre
como quien ocupa,
por error,
la vida de otro.
Y, sin embargo,
hay noches
en las que toda mi erudición sobre la pérdida,
toda la filosofía,
toda la disciplina del lenguaje,
se derrumba ante un único deseo:
ser nuevamente una niña
que desconoce el peso del tiempo,
la indigencia del porvenir,
y la fatiga de tener que sostener
con unas manos todavía infantiles
el derrumbe silencioso
de una mujer.
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