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Después de esa muerte ¿qué queda?

Mar 7, 2026

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Después de esa muerte ¿qué queda?
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¿Lo sientes, Milagros?

Debajo de la tierra, donde no resopla el suspiro, sus latidos no están. Sus uñas no se hallan entretejidas de césped añejo: están recubiertas de cal. Se le acopló a cada pelito, y el sosiego es sinónimo de ese cuerpo extraño, inerte, que solía; muy en el fondo solía ser tu remanso. Está muerto, Milagros.

¿Cuándo lo vas a comprender?

Descarada. No sos capaz de aspirar el mismo aire, a centímetros de su cuerpo. Estás entumecida y tendés a percibir tus propios latidos en su fango; y no están conectados. Él no te pertenece porque es temporal. Inmortal es tu falta de olvido; el capricho de retener lo único que nunca te abandonó.

Lo sabías. A contrarreloj contabas las noches; la muerte te escalaba y tejía su maraña debajo de tu dermis. Las patas de la araña, con centenares de fibras escalando tus tejidos: una capa fina de piel de gallina, gélida por el aire artificial. Porque esa ventana que daba al exterior, al patio, no se abría cuando sondeaban el cielo las sombras. Enfrente, él yace enterrado.

Ahora. Ni antes ni después.

Pero lo pensaste, lo sentiste. Su enfermedad te bordaba de tinta los poros, llegaba a tu sangre; se instalaba en tu oxígeno y hacía metástasis en tu torrente mental: se te venía su muerte encima. Se te montaba el muerto al que nombrabas insomnio y no había morfina que sedara el resquebraje de ese pecho. Lo estabas perdiendo, se notaba.

Cada madrugada, ambos exhibidos en el balcón. No ladraba, no lloraba ni te miraba. Avistaba la calle, notaba el viento, quería fenecer de una vez. El dolor ya lo estaba sepultando.

Lo sabías. Pero ¿lo sentiste en ese momento, Milagros?

¿Qué te voy a reprochar si aprendiste que, en el momento, nunca hay sentir? Hay que llorar después, cuando haya tiempo, cuando sea viable el sentimiento. Pero igualmente, estúpida, te nublabas entre lagrimales.

No percibías los aromas, esos vagos perfumes que exhala el viento, que se agrietan con otro aroma: el del cigarrillo. De gente obsecuente cruzándose de vereda, caminando recto, con una fijación en el piso. Mientras ellos andaban, un ser moría. Siempre, a tu lado.

Te estabas martirizando por esa distancia que mantenían. Te alcanzaban algunos pelitos suyos con la ventisca; y él, ensimismado en su vigilia. Realmente querías reducir espacio, invadir su campo, tensar la magnitud del tiempo para que te perteneciera su vida, justo en ese momento.

Ahora. Ni antes ni después.

Lo respetaste. Un miedo te dio faltarle el respeto a sus últimas voluntades...

Y después de esa muerte ¿qué queda?

Solo sé que ella está volviendo. Es desborde, delirio: la que llaman obsesión.

Plantas que son carnívoras, que portan fluidos que te enredan en rumiaciones antes del devoro. Ya no son arañas; esas no te calan porque la muerte ya te visitó. No te llevó.

No fuiste el flanco, pero sos la dama. La prostituta de la vida.

Lo único que a la naturaleza le importa es que te retuerzas en la mortalidad y te separes de lo que ya no es. Buscá a quien quieras después de eso, buscá una mitología, buscá a Hécate; pedile un perro guía o que te saque del umbral.

Pedile que despegue aquellos dientes, los que duelen cuando aprieta la hambruna de esa planta. Tiene un hambre.

No quiere que mueras: quiere que escribas, visites su tumba, vuelvas a escribir y seas una maldita escritora. No una llorona.

Parece que el orden natural de las cosas quiere que cometas un suicidio, pero en realidad solo será una mutilación.

Milagros Gomez

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