No sé cómo expresar el despecho que siento ahora, diría que me siento como el niño al se le cae el helado, después de ansiarlo por horas, diría que es, como el borracho al que se le cae su botella de brandy medio llena, si, así me siento, me siento abandonado, si, señores, abandonado y ciego de remordimiento, eso es.
Una llamada bastó, para concretar un encuentro con la cara y personificación de la culpa. Bastó una llamada para tener de frente al rostro que me causa terror enfrentar, a esos profundos ojos color leña que siempre parecen mirar mi alma con compasión, a esa piel fría y pálida como la de un cadáver recién fallecido. Así es, así se me ve mi culpa, la cruz que yo mismo construí, una cruz a la que yo mismo me clavé.
En ese día, en el que era un viejo fascinado por la extrañeza de mi juventud, mi terror se extinguió. El humo que emanaba al lado del cadáver leñoso de un centenario árbol, era testigo de los cueros gastados arriba de los hombros, de las costuras a medio terminar en una chaqueta, de botas pesadas producto de la agotadora rutina.
Pero oh cosa extraña pasa cada vez que a la culpa le ofrecía mi mano para bajar un escalón o para subirlo, cada vez que se entrelazaban nuestros dedos, notaba (tal vez, producto de mi propio delirio) que sus dedos se resistían a separarse de los míos, se quedaban allí algunos segundos más, como el cigarrillo que te besa los labios un segundo extra del que debería, si, no queríamos soltar la mano del otro, no quería irme de la presencia de la culpa.
Su portón, grande, oscuro y recubierto por maleza casi seca y caras que pretenden ser amigable son una multitud de fulanos, es testigo mudo de como tratamos de alargar nuestra existencia encima de la misma acera, de cómo, a pesar de no tener permitido por nuestra propia moral, tener el deseo casi humillante de entrelazarnos en un abrazo que duraría siglos.
El portón, ese grande portón negro de metal, es testigo mudo de una desesperación de afecto que se puede palpar en las palabras de despedida.
Mi despecho es justamente: la desesperación de no poder arrodillarme ante la culpa y sumirme en la más profunda tristeza, clamando por su compasión, es el no poder arrebatarle pedazos de vida ya que me es ajena.
La culpa, o dios, la culpa me va matar, tan lentamente como lo está haciendo el humo del tabaco.
Hoy recibí una llamada, un verdugo afirma que ya no puedo sentir mi culpa, que tengo que alejarme de esos ojos leñosos que me hacen sentir pequeño. El hecho innegable es que, de ahora en adelante no podr ver, sentir, oír o caminar con la culpa, el verdugo me lo prohíbe.
Extrañaré sentir culpa, extrañaré sentirme pequeño.
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