Cumplir ciertos años
era escuchar la casa respirar distinto.
El polvo cambiaba de lugar
como un animal pequeño
arrastrándose de noche
sobre los muebles.
Yo también aprendí eso
la forma silenciosa
de desaparecer.
Durante mucho tiempo
confundí alejarme
con descansar.
Había algo en mí
retrocediendo siempre.
Como si el cuerpo supiera
un idioma del miedo
antes que yo.
Entonces cerraba puertas.
Muy despacio.
Como quien intenta
no despertar a los muertos.
Y después el silencio.
Ese silencio espeso
que queda cuando una presencia
se retira de una habitación
pero todavía deja frío.
Nadie nota enseguida
el hueco de un cuerpo.
Primero desaparecen los gestos.
Después la voz.
Después la costumbre
de esperar a alguien.
Hay tristezas
que se vuelven parte del hogar.
Se apoyan en las lámparas,
duermen entre las tazas,
crecen despacio
en las grietas de las paredes.
Una aprende
a llamarle cansancio.
A llamarle invierno.
A llamarle carácter.
Pero era miedo.
Miedo de tocar demasiado fuerte
las pocas cosas hermosas.
Miedo de quedarse.
Miedo de romper la calma mínima
que sostenía el mundo.
A veces pienso
que viví toda mi vida así:
sosteniendo algo frágil
entre las manos.
No una taza.
No una flor.
Algo peor.
La idea
de que alguien pudiera quedarse.
Entonces me volvía cuidadosa.
Terriblemente cuidadosa.
Y el exceso de cuidado
también terminaba destruyendo las cosas.
Hay una parte de mí
que todavía cree
en la desaparición.
Como si ausentarse
pudiera corregir el dolor.
Como si el tiempo
supiera limpiar habitaciones vacías.
Pero las ausencias
también dejan restos.
Y una tarde entendí
que no toda soledad
viene del mundo.
A veces
una misma
abre la ventana en invierno
y después se pregunta
por qué tiembla la casa.
Lo extraño
es que incluso ahora
hay algo en mí
caminando en círculos.
Como una sombra obediente.
Como un animal herido
que vuelve siempre
al lugar donde lo lastimaron.
Y aun así,
todavía dejo una luz encendida.
No para regresar.
Solo para que algo en mí
no desaparezca del todo
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