En el surco de tus pliegues y arrugas
me busqué estirando los dedos desde los hombros
con la cadera bien lejos de la clavícula.
Me conformé a imagen y semejanza
de las contradicciones añejadas detrás de tus orejas:
eran tan volátiles que vos no las podías ver
pero ahí estaban.
Me amasé con la sustancia amarga de tus miradas,
buscando con la fuerza dactilar
un designio futuro ese mapa;
"una pista" me convencí.
"Una certeza de lo impresenciable", me mentí.
Con el tiempo los mismos surcos
se grabaron en lo deshidratado de mi piel
con tanto ahínco que comenzó a incomodarme
(un poquito)
y me amoldé, con la misma fuerza dactilar
con la que maniobré el bendito material;
tan etéreo que estructura la identidad.
Pronto comenzó a transparentarse
que el error era el único predestino
de esos designios futuros.
Que me había estirado sobre zanjas dérmicas
para achicarme en un refugio sin contención
y lloré.
Por los derrames, por las pérdidas
por los partos que no pude atravezar,
por las alas que ni siquiera llegaron
a atizbar un sorbo del aire primaveral
de las mañanas soleadas.
"No puede ser", me susurré al oído.
"No puede ser", ahora en un tono cálido que esuchó
y se llevó el viento.
Con mis extremidades y la voluntad de un titán
que me amó y me enseñó,
palanca para salir de la humedad en la que estaba sumergida,
para darme cuenta que en realidad era todo una
gran tela de araña.
Había caído nuevamente.
"Pero si vos sos hija de una araña y un hombre lobo"
recordé al respirar un frío
que me secó los pulmones.
"A vos también te besó el viento una noche de invierno"
4 días y 4 noches inmóvil,
simplemente recordando todas mis partes perdidas.
El recuerdo las traía de vuelta a mi cuerpo
para usarlas como aliadas, como armas.
Artilugios de un pasado remoto me rescataban,
sólo por un rato, sabía de antemano que
terminarían por pudrirse.
Me despegué de esa trampa
para crear mi propia estructura.
Me aparté con gracias, con amores,
con letargos reprimidos
y una flor escondida entre las tetas.
Me levanté como el sol por el horizonte
con un esplendor del que sólo eran testigos
cardúmenes y medusas.
Me fui a volver,
diría la canción.
Vine a perderme entre mis nuevos pliegues,
pliegues y arrugas que coleccioné
en un transitar atento y curioso,
con una certeza, esa sólida compañera,
que sólo genera
agenciar lo propio en el mundo.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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