¿Qué dejamos en las personas cuando nos vamos?
Me lo pregunté una mañana,
y después de haber dejado tantas en el camino,
lo entendí.
Dejamos chistes simples, algún recuerdo roto,
abrazos marcados en la piel,
lágrimas en las mejillas.
Pero, después de escribir tanto,
caí en la conclusión de que dejamos todo.
Sí, todo.
Todo lo que fuimos en aquella última noche de despedida,
o en esa tarde en el parque donde dijiste que te ibas.
Algunos lo dejamos en palabras arrastradas por el viento,
otros en una carta entregada sin atreverse a mirar a los ojos,
y están los que se despiden con la culpa pegada a la piel.
Tardé en entenderlo:
dejamos todo.
Y si he de ser una marca fugaz,
quiero ser una bonita.
De esas que se recuerdan al abrir un libro,
o al encender un viejo encendedor guardado.
Porque incluso en lo más mínimo,
queda una historia, queda un todo.
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