Oscilo con mis pies las luces del tráfico
y las cejas arqueadas de mamá.
Me quiero caer, pero me sostengo
para atestiguar la pena de los que caminamos
en la fragilidad del tiempo.
Cómo una risa derrumba el pecho de quien ya olvidó,
refunde la sangre en las venas
de quienes nunca aprendimos:
algo tan normal como dejar volar
chispas de cariños natales.
Es vano, aunque pese en la cara
y sientas las manos y pies prendidos de esa cruz,
la cruz del sacrificio perpetuo,
la que no te mata, pero te duele.
No tengo nada:
ni el sueño que los mantiene vivos,
ni estrellas vivas para darme uno.
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