“De nuevo, la alumna”
A usted se le marchita
el dulzor del rostro,
a solas,
en este estrecho
—nuestro espacio—
cuando el engranaje del reloj
no cesa
y el timbre
—el que nos irrumpe—
vuelve a sonar.
Entonces escapamos.
No estoy en su cama.
Visto un informe.
Usted está al costado
de todas las paradojas,
las brechas,
las historias
entre una edad y otra.
Yo no soy su escritorio;
soy, si acaso,
el baño.
No me toca
como a las hojas donde escribe;
allí hay delicadeza,
hay manos que enhebran
oraciones correctas.
La profesión está a salvo.
En mí descarga su desdicha.
Pone sobre mis hombros
la culpa hacia su hombre.
Lo pronuncia en los pasillos,
me lo introduce en la piel
cuando me besa,
cuando lo hace
con
mi
cuerpo.
Entre besos me corta
con su autoridad:
“de vuelta al salón”.
En un secreto —de hecho—
sí, la amo.
Pero vuelvo a la clase,
de vuelta a ser nadie.
De nuevo, la alumna.
Usada como un baño.
Reprobada
como humana.
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