de mí nunca se han despedido
y por eso le temo con fervor al olvido.
han dejado la puerta entreabierta,
con la condición de que no me acercara a ella
y si así fuera, me mandarían al otro lado de nuevo
no sin antes navajear mi corazón.
sin embargo, de mí nunca se han despedido.
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siempre a la izquierda del adiós,
a la espera de falsas promesas
y supuestos reencuentros lejanos
aquellos que duermen en manos del destino
el cuál nisiquiera sé si existe.
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no supieron que cara poner para despedirse de mí
y sin más, no lo hicieron.
por esa razón, sigo mirando a la puerta con ojos de perro abandonado
que entiende de esperanza sin tener idea de qué se trata.
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