Usualmente se me escapan las palabras,
como agua tibia entre las manos,
como algo que quiso ser y no pudo.
Las siento subir por el cuerpo,
rozar las costillas,
golpear suave la garganta
y enredarse en la punta de la lengua.
Se me deshacenen los dedos
antes de volverse gesto.
Se derriten en mi boca
como si hablar fuera morder.
Mi cuerpo se llena de intentos:
las manos temblando,
los ojos que buscando una forma de explicar
lo que no sé nombrar,
intentando entender
que las palabras no son más que eso.
Y tú ahí, esperando.
Pero no me alcanza.
No me alcanza el aire,
ni el coraje,
ni las palabras que callo desde siempre.
Quizás siempre he estado hecha de eso:
de lo que no alcanza.
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