He vivido media vida con miedo, asentada en el beneficio de la duda y olvidando mi etapa como nómada de la decisión. He permitido su paso por los recovecos de mi alma, sintiendo el ardor al pasar por mi garganta y las espinas en la boca del estómago. Tanto ha sido el miedo y tanta fue la vergüenza que llegué a creer en la doctrina del amor no correspondido, viendo cómo otros pájaros surcan nidos y yo quedo estática entre tanto aleteo.
Y olvidé que el amor era arriesgarse. Y que la valentía no estaba en defender mi trinchera sino en cruzar la distancia que me separa del frente contrario.
Y ese amor, que quizá en palabra suene a romance, no es sólo esa pequeña parte de la existencia.
El amor comprende una faceta extensa, equivalente a la magnitud que de pequeños creíamos que tenía un elefante. Es el deseo del bien del otro, el impulso que vuelca el alma.
El amor es aquello que se guarda por vergüenza, que queda en un cajón mientras predomina lo banal y superficial.
Es aquello que se guarda esperando el momento idóneo, siempre en el mañana.
Y nunca llega.
Y la ausencia del momento se convierte en la mudez del corazón, hasta que queda inerte como en sus inicios.

Blanca Bermúdez
Escribo para sacar del alma lo que no se puede decir en voz alta. Gracias por leerme. Quédate. Comenta.
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