Sin cortes
-como prescribe el ritual-
apagué la luz
y, definiendo la razón,
presentí que todo estaba dispuesto para el final.
Diría que limpio según el manual,
ese que envilece el más exquisito manuscrito de las dudas
cuando todo parece contener a la paciencia,
esa armonía imperfecta
que redescubre la forma desde el final.
La piel está desierta y ya sin ardores,
debilitada,
humillada ante al rojo del pudor,
secándose la sangre con mudo fastidio.
Era así,
caída libre de púrpura ingenuidad,
temiendo al destierro como un incauto perpetuo
hasta el final.

Yom Hernández
Aquí un licenciado en Historia, loco por la literatura que lee y escribe pertinazmente. Padre de tres libros publicados por Ed Atlantis, Ed Adarve, Ed Cuadranta.
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