siempre me he sentido extrañamente cómoda habitando la nostalgia, como si hubiera crecido acurrucada entre sus brazos y el ardor punzante de sus garras fuese una caricia para cualquiera de mis remordimientos. intento ser ambiciosa cada vez que puedo, a ver si las ansias me ayudan a socavar esta implacable tristeza que siento cada vez que añoro volver hacia atrás. esforzándome en crear nuevos recuerdos que ayuden a emborronar los viejos. voy comiéndome el futuro a mordiscos hasta olvidar el sabor del pasado, siendo consciente de que cuando cambie de menú voy a querer repetirme el último plato. el problema de estrechar manos con la nostalgia es que ella es mezquina y no tarda en agarrarse del codo. comienza delineando los trazos ancestrales de tus palmas y luego sigue escalando, carcomiéndote por el brazo en búsqueda de la vena antecubital para deslizarse a través de tu torrente sanguíneo, hasta llegar a aferrarse al rededor de tu cuello y presionar sobre la arteria carótida. por eso siempre escondo un nudo en la garganta y cuido bien de mi pulso delator.
he aprendido a vivir con ella, me arrebata suspiros, a veces llantos, haciendo migas con mis culpas y con el deseo de querer re-vivirlo todo, una y otra vez. vivo la mayor parte del tiempo en mis recuerdos, en un eterno retorno. y si bien he aprendido a danzar con la nostalgia y a aguantar la respiración cuando me sumerjo en la melancolía, todavía no sé qué hacer con la ira que crece desde lo más profundo de mis entrañas y me quema en la boca del estómago. qué hacer con este resentimiento, la impotencia, el ridículo, la frustración y la humillación de haber luchado por tantas causas perdidas. no hay manera de endulzar los recuerdos cuando intentas renegar de tu pasado. y ya no puedo engañarme a mí misma sosteniendo esta farsa de que todo pasa por algo, si es que ignorar el por qué sucede lo que sucede es lo que me enerva más.
he aprendido a vivir con la nostalgia, pero esta ira reprimida me consume y se apodera de todo mi cuerpo, brota de mis poros infectando a todo aquel que me rodea como una vil peste que no tiene antídoto. es sencillo sentir empatía e incluso lástima disfrazada de simpatía por una persona triste, pero nadie quiere a un colérico en su vida. solo sé que en un determinado momento, en algún determinado lugar, dejé de preguntarme si es que esta cólera continuará alimentándose de mis ansias y comencé a aceptarla como aniquiliadora de mis sueños.
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