Sí, lo conozco.
Tenía tu edad cuando me topé con él, y me pasó exactamente lo que te sucede ahora. Un ser carismático, sin duda; me hacía reír muchísimo.
No recuerdo muy bien cómo empezamos a hablar. Todo fue tan rápido, como cuando te das cuenta de que pasaron horas y pensás que solo fue un minuto de alegría.
Vivíamos hablando, nos conocimos así, y fue como si lo recordara de toda la vida. Con él, las palabras nunca sobraban. Aunque nunca llegué a enamorarme —o al menos eso creía—, a veces me pregunto si, en el fondo, no había algo más.
Se llamaba Ignacio. Nunca me gustó su nombre, así que le ponía apodos. Lo llené de apodos, pobre. Arnolfo, Llama, Flaco, Pichu… etcétera, etcétera.
Vos lo ves diferente ahora, pero esto fue hace muchos años, tantos que ya perdí la cuenta. Yo tenía 15, imaginate. Siempre me sentí más grande porque me juntaba con gente mayor. Parecía de 20 por cómo me expresaba, lo cual me llevó a cometer muchos errores, pero esa es otra historia, querida.
Amanecíamos fumando en su balcón, escuchando jazz. No dormía con él, no te confundas. Pasábamos las noches hablando, escuchando a Ella y Louis. A veces veíamos películas con algunos amigos: las de Tarantino, Coppola… Nos encantaba Les Luthiers, casi nos sabíamos los diálogos de memoria—“Arnolfo hay uno solo”—.
No había noción del tiempo, no importaba nada. Todos éramos muy snob, ¿viste? Yo me ponía insufrible. Qué tiempos aquellos…
Un día me dijo que estaba enamorado de mí. ¿Yo? Le di vuelta la cara. No, a mí no me enamoraba, pero sí me gustaba. Era un personaje extravagante, y no tenía con quién hablar de Borges (bueno, en realidad, sí tenía, pero con él era diferente, ya sabés).
En ese entonces quería ser escritora, una autora reconocida, llegar al cielo de los escritores… ¡Qué sé yo! Pensaba tantas pavadas. Y, sin embargo, él creía en mí. Decía que tenía el don. Quizás lo decía porque estaba enamorado de mí, no sé, pero me lo decía.
Fue una linda época, un tiempo irrepetible. Ya no soy la misma de antes, pero hay algo que siempre mantuve: nunca dejé de soñar. Tiempo después de no volver a verlo, cumplí todo lo que le había dicho que iba a hacer. Quizás me aplaudió, o quizás no. Cuando me recibí, sentí que estaba en algún lado, entre el público, observando. Son esas personas que aparecen un rato y te cambian todo. Pero todo, ¿eh?
Nos peleamos. Parecíamos una pareja casada al borde del colapso. Le decía que no lo quería ver más, que me sentía atrapada a su lado. Eran mucho más que discusiones: noches sin dormir, llorando por cosas tan tontas. Recuerdo que un día le tiré una botella de vino a la cabeza, como si eso pudiera romper lo que nos estaba destruyendo. Pero ambos sabíamos que no había vuelta atrás.
Le dejé una libreta. ¿Para qué? No sé, ni quiero saberlo. La última vez que lo vi, le dije que lo quería, pero que ya no podía más.
No lo vi nunca más.
Ahora es solo un recuerdo enterrado en la memoria, uno de esos que aunque intentes olvidarlos, siempre tiran con fuerza para no irse. A veces pienso que hay personas que solo pasan por tu vida para dejar una marca, aunque no lo entiendas hasta que todo ha quedado atrás. Ignacio fue una de esas personas, un capítulo que dejó una huella más profunda de lo que imaginaba.
Y ahora, después de contarte esto, querida mía, me invade la curiosidad. Dime, ¿qué ha sido de su vida? ¿Todavía me recuerda como yo a él?
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