Cuando era niña no comprendía la expresión «me duele el corazón». Me resultaba inconcebible imaginar que, sin una herida visible, sin una daga hundida en el pecho, alguien pudiera sentir dolor en ese órgano vital. Con el tiempo entendí que, tras un gran amor, el corazón duele. Y más aún cuando las cosas terminan mal, o cuando, peor todavía, terminan en la nada, sin explicación alguna.
Lo que viví hace unos instantes pertenece a esa literalidad extraña: sentí punzadas en el centro mismo del corazón. Punzadas reales, físicas. Uno podría pensar en un mal crónico, en la necesidad de una consulta médica. Pero la verdad es otra: lo que me atravesó fue pura nostalgia.
Esa mañana me levanté con una inquietud difícil de nombrar. Los lunes suelen tener algo misterioso, como un comienzo que amenaza con revelar cualquier cosa. Ese no saber me perturbó gran parte del día, hasta que al fin regresé a casa, mi único refugio. Allí me sentí a salvo: lejos del mundo exterior, lejos de esa sociedad tan severa.
Abrí un libro de portada floreada y, poco después, hablé con mi abuela. Nuestras charlas tienen un tinte distinto, una hondura que no se encuentra en otro lado. Conversamos y me sentí enriquecida, ligera, como si por un momento hubiera recobrado un equilibrio perdido. Parecía una tarde tranquila, hasta que lo escuché.
Pero entonces llega esa pregunta inevitable: ¿qué fue lo que me hizo doler el corazón? Créame, querido colega, también me lo pregunté. Mi conclusión me condujo hacia los fantasmas. No los de las historias de miedo, sino los que inventamos nosotros: esas presencias que se alzan en nuestra mente cuando leemos, cuando miramos, cuando escuchamos.
Yo escuché una voz. Una voz áspera y sensible, que venía de aquellos días de estación helada. ¿Se ha detenido a pensar cuánto puede cambiar todo desde la última vez que el aire estuvo frío o la tierra cubierta de escarcha? A veces parece un cambio ínfimo, apenas perceptible; en mi caso, fue radical. No cambié yo: cambió mi circunstancia, cambió todo a mi alrededor.
Escuchar esa voz me destrozó. Trajo de golpe aquellas punzadas que desbarataron mi corazón. Jamás creí que volvería a oírla con tristeza, ni que al hacerlo la extrañaría. Había jurado encadenarla, guardarla bajo llave, porque me sería insoportable oírla una vez más. Me equivoqué. Y aquí estoy: con el corazón doliendo un poco menos, aunque marcado por las secuelas de esa voz que quedó atrapada en aquel invierno ya lejano.
Y es curioso, porque esa estación helada ocurrió hace mucho, pero sigue latiendo dentro de mí. Sé que tras el invierno llega la estación de las flores, luego el calor del verano, después el otoño y, al final, otro invierno, siempre distinto. Y, sin embargo, aquí estamos: en invierno nuevamente, donde las voces resucitan y el corazón vuelve a doler.
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