A veces me sorprendo a mí misma en un estado perenne impasible, sereno, calmo. Es ahí donde la peligrosidad escala sin obstáculo. Porque no sabemos si es peor sentir, o no hacerlo.
Me preocupa la tranquilidad ferviente que mantiene el cauce de mis venas, la desconexión repentina de mi sistema límbico, la sequía inmensurable de serotonina que amenaza con arrasar bárbara con el pueblo de mi corazón.
Cuando la estabilidad es efímera, la apatía aparece como amante ocasional que advierte, y aún llega sin avisar. ¿Por qué no siento? ¿Pronto lo haré? ¿Lo calmo es tan fugaz como lo vívido?
Qué sufrimiento llegan a evocar la displicencia y la ausencia en los que tenemos una alta percepción. No hay culpables, no hay conflicto retroalimentado. Sólo un sentimiento intrusivo de aislamiento que desmotiva y demuele en lo que tratamos de comprenderlo.
Para cuando lo logramos, ya es tarde: dejamos de sentir e, irónicamente, es ese el sentimiento más peligroso. Pero no para nosotros.
*Texto de autoría propia.
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Val M.
Hecha en Argentina, periodista, escritora. A veces escribo cosas, a veces no. ¡Pero gracias por leer!
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