Cada vez que lo veía sentía un deseo ardiente y fulgurante que recorría mis venas y colmaba cada intersticio de mi cuerpo. Pero nunca salía, se quedaba allí, oculto y encerrado hasta que se enfriaba y sedimentaba en lo profundo de mi ser, esperando, como una bestia salvaje hibernando, el momento de su aparición para despertarse otra vez.
Cuando estaba cerca de él sentía un millón de estrellas explotando en mi interior, quemando todas y cada una de mis fibras hasta morir derretido por el calor.
Estábamos desnudos, frente a frente, cara a cara, y sentí como si fuésemos Adan y Eva -o Alan e Ivo, de hecho- , los primeros seres humanos en pisar y explorar un territorio vírgen y lleno de vida y posibilidades ilimitadas, las primeras creaciones de un Dios demasiado misericordioso como para regalárnos un paraíso entero solo para nosotros dos.
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