A lo largo de mi vida
jamás pensé
que las melodías podían reemplazar
la voz de una persona que te amó.
Hasta que pasó,
y un día te encontré,
Daniel.
Estabas ahí:
en mis sueños,
en los bares,
en las calles,
en la musicalidad de la ciudad,
usando los mismos brazos
que me consolaban.
Tal vez por eso
todavía no recibí tu llamada.
Tal vez las cuerdas
te rozan como mi cabello,
y esos acordes
suenan a mi voz.
La adrenalina
se siente como mis abrazos,
y tal vez por eso
todavía no sepas
cuánto se perdió.
Ay, Daniel, Daniel.
¿podrías dejar de tocarme
sin tocar mi piel?
Ese magnífico sonido
no te deja escuchar
cuánto te extraño,
Daniel.
¿Te gustaría escuchar
cómo te quiero
más que ayer,
ayer,
ayer?
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