Dahlia
se sienta al lado de la puerta durante horas.
No se mueve.
Se queda ahí
como si la puerta fuera una herida
y ella estuviera vigilando que no se cierre del todo.
A veces levanta la cabeza
cuando escucha pasos en el pasillo,
cuando alguien sube por las escaleras,
cuando una llave gira en la puerta de otro apartamento.
Entonces
sus ojos se encienden por un segundo.
Pero nunca sos vos.
No maúlla.
No hace ruido.
Me mira
Con esa paciencia silenciosa
que tienen los animales
cuando presienten que algo falta.
Y parece preguntarme
por qué no volvés.
Yo no le contesto.
Porque no sé cómo explicarle
que hay abandonos
que no tienen explicación.
Ella no entiende de despedidas.
No entiende de personas que dicen
“te amo”
y aun así
se van.
Solo sabe
que antes esta casa tenía dos respiraciones
Dos cuerpos caminando por el pasillo.
Dos manos que la acariciaban
Ahora solo queda una.
A veces recorre la casa lentamente.
Se sube a la cama
y se queda oliendo tu lado de la almohada
como si tu olor
todavía estuviera enterrado ahí
debajo del polvo del tiempo.
A veces rasca la puerta del baño
A veces corre hacia la cocina
Pensando que eres tú
El que está cocinando
y con esa voz suave que usabas para hablarle.
Pero la casa ya no responde.
La casa ahora es un lugar hueco.
Y ella vuelve siempre al mismo sitio.
La puerta.
Se sienta frente a la puerta
como si guardara una esperanza
que yo ya no tengo.
Yo la observo desde el sofá.
Intento no romperme frente a ella.
Porque lo que mi gata no sabe
es que yo también espero.
Que cada paso en el pasillo
me atraviesa el pecho.
Que cada ruido de llaves
me hace levantar la cabeza.
Que cada vez que alguien pasa
mi corazón se levanta
igual que sus orejas.
Y después…
nada.
Solo silencio.
La puerta cerrada.
Tu ausencia respirando en cada rincón de la casa.
Mi gata sigue esperando.
A veces se queda dormida ahí mismo
pegada a la puerta
como si estuviera cuidando tu regreso.
Como si supiera
que cuando llegues
tiene que ser la primera en verte.
Y yo…
yo la envidio un poco.
Porque ella todavía cree
que vas a volver.
Yo en cambio
ya entendí algo horrible.
Entendí
que hay personas que se van
y dejan la casa llena de fantasmas.
Que hay puertas
que nadie vuelve a abrir.
Que hay amores
que se pudren en silencio
mientras uno sigue respirando.
Pero aun así
no la muevo de ahí.
No la aparto de la puerta.
Porque en el fondo
muy en el fondo
hay una parte miserable de mí
que todavía necesita verla esperar.
Como si su fe
fuera lo último
que queda vivo
de nosotros.
Y mientras ella espera
yo hago lo único que me queda.
Fingir
que no estoy esperando también.

Fer
Nunca aprendí a domar la nostalgia de este cuerpo adicto a tu ausencia. Rezo por tu ternura y repito tu nombre como un padre nuestro fúnebre frente al vacío.
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