Debo viajar sobre un destrozado y maloliente cumulo de perplejidades que solo sabe dar dolor de cabeza y náusea, es decir, en colectivo. Esta línea acostumbra tener los vehículos viejos y sin atender, no es de recibir muchas personas durante el día y ninguna por la tarde noche.
En verano el sol golpea como un martillo, las personas mayores, que aun trabajan por necesidad, han aprendido a soportar el calor… corrijo, se han acostumbrado al calor, su piel está chamuscada, roja, son de llevar en la cabeza un pañuelo transparente de alguna tela o un sombrero que cubra bien el rostro, llevan ropa suelta como musculosas y pantalones cortos o polleras largas y siempre van acompañados de abanicos con diseños de ciudades europeas o japonesas. Es insoportable la combinación de humedad, de tierra y de olor a combustibles evaporados que entran por las ventanas.
Suelo salir al mediodía y llego por sobre las doce de la noche a casa. Vivo solo desde que me independicé de mi padre, convivir fue una experiencia dura, me decía sin fundamento que yo era un loco que hablaba solo y que necesitaba ayuda psicológica urgente. Muchas fueron las veces que me vio peleando frente al espejo como si me desconociera y, para colmo, iba de chismoso contando a todos los vecinos que yo hacía esas cosas. Para su suerte no soy una persona tan rencorosa, solo le eché un mal de ojo con un libro viejo y quemado que encontré por ahí, tiempo después desapareció de su trabajo como médico del sanatorio. Tiempo después me casé, pero terminó mal.
Es habitual que al viajar lo haga con otras dos o tres personas, pero todos los asientos de atrás del conductor están vacíos. Llueve por instantes, hay gotas mordidas a las ventanas. Los postes apenas iluminan la calle de tierra mojada, y de los árboles solo distingo la silueta. El ambiente marca la hora: Las once de la noche, ni un segundo más.
—¡Solo somos vos y yo! —Dijo el colectivero— ¿Qué haces con esa libretita?
—Nada —respondí seco.
Mi actitud fue un poco terca. En ese «nada» quería dejar un claro «qué te importa», pero no por maleducado, solo carezco de delicadeza y no sé responder cuando un extraño me hace plática.
—Hablemos un poco, no me veas como malintencionado, no quiero molestarte —miró por el retrovisor reuniendo nuestros ojos—. Dicen que a estas horas espantan, ¿Sabías? Y yo no quiero perder a un nuevo amigo, encima que estás solo en el colectivo, no te caería mal conversar, la soledad lleva a la mente a cometer locuras, hay que tener cuidado, es un peligro la imaginación cuando la tiene un loco.
El tipo me dijo amigo sin conocerme, como si toda la confianza que yo debería tener la tuviera él.
—¿Espantan a esta hora? —Lo miré por el retrovisor, podía vernos al mismo tiempo reflejados, tenía mi color de ojos y mis cejas arqueadas— ¿fantasmas?
—¿Quién habló de fantasmas? yo me refería a la delincuencia, y más a estas horas de la noche.
—¡Ah! Sí —le daba la razón para no molestarlo—. Pero bueno, usted seguro sabe defenderse.
—Pero por supuesto que sé, yo no soy ningún laburante boludo ¡Le doy un machetazo a uno y lo mato, no camina más! —Sacó cuarenta centímetros de filo de la parte izquierda de su asiento— ¡Mira, se llama Claudio! puede degollar a cualquier animal de un solo corte.
Soltó una carcajada de borracho e hizo sonar varias veces la punta de la hoja contra el piso. Un sudor frío recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies. Tragué saliva e intenté recobrar la postura.
—¡Pero amigo, vas a terminar preso! —pretendí calmarlo, sentía que me dolía el pecho.
—Qué confianzudo saliste. Te voy a decir algo que pensaste hace un rato «me dijo amigo sin conocerme». Ahora vos me decís amigo a mí, qué hipócrita saliste. Yo puedo escuchar todo lo que pensas, lo que escribís ¿Sabes? sé perfectamente quién sos —pasó de tercera a cuarta marcha. Con una botella de detergente atoró el pedal del acelerador—. Bueno, ahora que somos amigos y lo reconoces abiertamente, te puedo decir que te conozco, pero vos no a mí, intenta adivinar quién soy, no es difícil.
Se levantó con el colectivo en marcha y caminó dando machetazos a los asientos próximos «¡¡Adivina! ¿Quién soy!?».
Me moví aterrado hasta el último rincón del colectivo, intenté abrir la ventana para saltar, pero estaban trabadas por la mugre, quise romperlas, pero solo conseguí lastimarme los nudillos.
—¿No éramos amigos, somos amigos o no? ¡Responde!, Decímelo, si somos tan amigos no entiendo de qué escapas.
—¡No sé quién sos!
—¡Ya sé que no me reconoces! —Lloró de pronto— Te odio con toda mi alma, todas las desgracias de mi vida fueron culpa tuya —dio un fuerte machetazo al único foco funcional del colectivo, dejando todo casi a oscuras, solo iluminado por las farolas de afuera—. Estoy acá para quedarme vengarme, mataste a mí esposa, a mis hijos, a otras personas. Matarte va a dejarme tranquilo.
Levantó el machete con la mano derecha e inclinó el cuerpo hacía atrás para darse impulso, pero antes de que el filo me amputara el rostro, una de las ruedas delanteras impactó por completo contra un poso en el barro, el colectivo cayó de costado arrastrándose varios metros hasta chocar contra unos árboles. Reboté en los laterales y el piso. Ese golpe no llegó a matarme al instante, pero me sacó del trance en el que estaba. En los pocos segundos de conciencia que me quedaban, conciencia última antes de morir, giré la cabeza hacía el retrovisor y vi como el machete cortaba la garganta de aquel hombre que tantísimo rencor me tenía acumulado. De algún modo él sabía quién era yo y de todos mis fracasos. El rostro que no reconocía, que alguna vez vi en espejos pretéritos, me fue lúcido ese instante antes de la muerte. Percaté que su cuello era el mío, que sus manos eran las mías, que éramos el mismo rostro reflejado.
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