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Cuerpos ausentes

bella

Jul 13, 2026

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Cuerpos ausentes
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Él la habita como un sueño que no termina nunca de soñarse,

como el agua habita el cauce sin preguntar de dónde viene el río.

Ella, a su vez, lo lleva en el compás de las arterias, en el ritmo ciego que la sangre repite sin memoria,

como la noche lleva al día en su vientre.

Pero ese verdugo de espejos ha interpuesto entre sus labios ausencias solidificadas,

tiempo que no cede ni al llanto.

Ella está allí, al otro lado del aire,

y él está aquí, en esta orilla de carne, solo él comprende.

No pueden verse. No pueden tocarse.

La distancia no es una medida, conjuga la imposibilidad, un adverbio que modifica el verbo amar hasta convertirlo en un acto fallido.

Él, en las noches traza sobre su pecho desnudo el mapa de su geografía inasible.

Sus dedos, escribas de un evangelio apócrifo, recorren los surcos que ella tiene en la palma de la mano,

en el hueco de la nuca, en esa curva donde el hombro se entrega al brazo como una pregunta que espera respuesta.

Y ella, en algún lugar del mundo,

siente la presión de esa caricia

tacto que le recorre la piel sin permiso, una brisa que no mueve el pelo pero sí el alma, como una nota que no suena pero que vibra en la madrugada.

«Dónde estás» pregunta él

a la nada que lo cerca, a los libros que no hablan, a las paredes que devuelven su voz como una burla.

«Dónde te escondes» ¿en qué pliegue del tiempo, en qué arruga del espacio?

Pero ella, desde su distancia, no responde con palabras, porque esas migajas de aire son demasiado pobres para llevar.

Responde con el latido, con el pulso que acelera cuando piensa en su nombre, con el temblor que recorre sus piernas cuando recuerda el roce.

Sus cuerpos son dos naves

que navegan en mares paralelos,

dos constelaciones que comparten

la misma luz pero no el mismo cielo,

dos mitades de un mismo hueso

que la vida partió con un hachazo

y que el tiempo, ese cirujano,

no acierta a recomponer.

Él la ve en los sueños,

pero el sueño es un espejo empañado,

una ventana que muestra lo que está al otro lado pero que no se puede traspasar,

un vitral que proyecta sombras

de un sol que nunca calienta.

Ella lo siente en la música,

en esa nota que se sostiene un segundo más de lo debido,

en el silencio entre dos acordes,

en el espacio vacío que el sonido deja al retirarse como un amante que se despide.

No hay abrazo que pueda cubrir la distancia que los separa,

no hay beso que pueda

salvar aquello que los divide.

Son dos islas que se ven desde la orilla opuesta, dos faros que parpadean en la misma noche,

dos naufragios que se buscan en el fondo del mismo océano.

Y sin embargo «oh, paradoja del alma»

están más cerca que nunca, porque la distancia no los aleja, los vuelve eternos.

Cada día que pasa sin verse, es un día que los acerca en el calendario,

cada noche que no se tocan, es una noche que los une en el lecho de la memoria.

Él es la sombra que ella proyecta sin saberlo, la luz que la ilumina sin que ella lo sepa, el nombre que su boca pronuncia cuando el sueño la desarma y la deja desnuda.

Ella es el agua que él bebe cuando la sed se vuelve insoportable, el pan que parte sin tener, la tierra que pisa sin estar, la mujer que ama sin haberla amado más que en esa íntima distancia donde los cuerpos se encuentran sin encontrarse, se tocan sin tocarse,

se aman sin amarse, en esa frontera difusa entre la carne y el recuerdo,

entre el presente y el sueño,

entre el deseo y su imposibilidad.

Porque el amor, lo saben ambos, lo aprendieron.

no es la cercanía de los cuerpos,

sino la fidelidad de la ausencia,

el arte de estar lejos sin dejar de estar,

la certeza de que el otro habita en cada átomo de aire, en cada poro de la piel,

en cada instante que se vive

como un anticipo de abrazo

que el tiempo, ese deudor,

tiene la obligación de cumplir.

Y cuando al fin la muerte, esa amante piadosa, los libere de la prisión del mundo, cuando el polvo vuelva al polvo y el silencio sea el único idioma,

entonces, solo entonces,

sus manos se encontrarán en el centro del vacío, sus labios se tocarán

en la exactitud, y la distancia, esa impostora se deshará al despertar, dejando solo dos cuerpos que, al fin, son uno, dos amantes que, al fin, son un solo beso.

bella

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