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¿Cuántos puercos se necesitan para cerrar una navaja?

Feb 14, 2026

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¿Cuántos puercos se necesitan para cerrar una navaja?
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Era un martes como cualquier otro. Salimos del ensayo como de costumbre; pasamos por el chino un minuto antes de que cerrara y compramos unas latas de birra.

Sin dejarme articular ninguna palabra, Carly salió corriendo y me gritó:
—¡HABLAMOS MAÑANA! —mientras subía al bondi que lo llevaba a su casa.

Para llegar a la parada de mi bondi tenía que cruzar la plaza. Abrí la birra, le di un trago y, cuando puse un pie en la plaza, ¡pum! Aparecieron tres puercos que salieron de entre los árboles.

—¡OINK! ¡Tomando en la vía pública! Se sabe muy bien que en este municipio no se tolera el alcoholismo ni la vagancia— dijo el puerco más panzón.

—Soy de zona norte, no tenía idea de que no está permitido tomar en la calle.

—Bueno, ahora lo sabe. Y por ser la primera vez le propongo lo siguiente: se la toma toda de un solo trago sin dejar ni una gota, o la tira a la basura—. El puerco me miraba con una sonrisa de padre Grassi observando a sus monaguillos.

Aunque hubiese sido divertido tomarme la birra y eructarle en la cara, tiré la lata a la basura.

El puerco se veía disconforme.

—Muy bien, ahora lo vamos a tener que revisar. ¿Tiene algo que lo comprometa?

Tenía una navaja italiana en la funda de la guitarra y hubiese sido estúpido querer ocultarla.

—Sí, tengo una navaja.

—¿Y me puede explicar por qué tiene una navaja?

—Es que siempre vuelvo tarde de los ensayos y, si me roban la guitarra, no podría comprarme otra. Aparte de mi instrumento, también es mi herramienta de trabajo —ya quisiera—, y sabrá usted que zona norte es tierra de nadie.

—¿Herramienta de trabajo? Parece que muy bien no le va. Si está todo flaquito y desnutrido—. «CUI CUI CUI», se reían con ese sonido de puerco feliz y cruel.

—A ver, mostrame la navaja. Si la hoja tiene más de media pezuña, nos vas a tener que acompañar— me dijo la puerca de pelo rubio y el hocico hinchado de botox.

Se la di. Apretó el botón del centro. Nada. La giró, la miró un rato, volvió a apretar más fuerte. Nada.

Pasaron unos minutos y empecé a ponerme incómodo. Entonces le dije:

—¿Quiere que se la abra?

—¡OINK! ¿Qué me querés abrir, flaquito? Estás medio desubicado, vos— dijo en tono sarcástico, mientras los otros puercos se reían.

Siguió intentando un rato más, hasta que me la dio. Le levanté el seguro que estaba abajo, apreté el botón del medio y salió la hoja, que a simple vista le pasaba la pezuña entera.

—¡EEEEH! ¡PERO ESTO NO ES PARA DEFENDERTE! ¡ES PARA MATAR!

Entonces la quiso cerrar y empezó el problema de nuevo. La giraba, la daba vuelta y la inspeccionaba como si se tratara de un cubo Rubik.

Estuvo un rato largo tratando de cerrarla, hasta que intervinieron los otros puercos, que intentaban resolver el test de inteligencia.

Diez minutos. Quince. Nada.

—Tenés que bajar la solapa así— le dije a la puerca, haciéndole señas.

Intentaba, pero las pezuñas se le resbalaban.

Se cansó y me la pasó.

Bajé la solapa, guardé la hoja y se la devolví.

—Hoy estoy de buen humor. Como te quedaste sin cerveza y sin navaja, no te vamos a llevar. Así que tomatelá.

Mientras me iba, el puerco panzón me gritaba:

—¡TRATÁ DE QUE NO TE ROBEN LA GUITARRA, FLAQUITO!—

Llegué a la parada del bondi, suspiré y me sentí aliviado. Menos mal que con la navaja se olvidaron de revisarme.
Tenía cinco gramos de falopa en el bolsillo.

Delirios de un peatón

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