Cuando el dolor deja de tener salida
Jul 8, 2026

Lic. Verónica Figueroa Alcorta
Cuando el dolor deja de tener salida
Comprender la conducta suicida desde el dolor humano.
¿Qué tiene que ocurrir para que una persona llegue a pensar que ya no puede seguir viviendo?
Pocas preguntas resultan tan difíciles de responder. Quienes nunca atravesaron un sufrimiento de esa magnitud suelen imaginar que el suicidio es consecuencia de una decisión impulsiva, de un hecho aislado o simplemente de una enfermedad. Sin embargo, la experiencia clínica muestra una realidad mucho más compleja.
La conducta suicida rara vez aparece de un momento a otro. Habitualmente es el desenlace de un proceso silencioso que se desarrolla durante semanas, meses o incluso años. En ese recorrido, el sufrimiento comienza a ocupar un espacio cada vez mayor hasta alterar la forma en que la persona interpreta su vida, sus vínculos y su propio futuro.
Desde afuera ese proceso muchas veces pasa inadvertido. La persona continúa trabajando, estudiando, cuidando de su familia o respondiendo con un “estoy bien” cuando alguien le pregunta cómo se siente. Nada parece haber cambiado. Sin embargo, por dentro sostiene una lucha agotadora que los demás difícilmente logran imaginar.
A diferencia del dolor físico, el dolor psíquico no deja heridas visibles. No existe una radiografía que permita mostrarlo ni un análisis que mida su intensidad. Pero su ausencia de señales externas no disminuye su profundidad. Puede llegar a ser tan intenso que modifica la manera de pensar, de sentir y de relacionarse con uno mismo y con los demás.
Con el tiempo, el sufrimiento deja de ser una emoción pasajera y comienza a convertirse en el lugar desde el cual la persona interpreta toda su existencia. Lo que antes brindaba alivio deja de hacerlo. Aquello que despertaba ilusión pierde sentido. Incluso el afecto de quienes la rodean puede dejar de experimentarse como un refugio, no porque haya desaparecido, sino porque el dolor termina ocupando casi todo el espacio de la vida psíquica.
El problema ya no es solamente sufrir. El verdadero riesgo aparece cuando la persona deja de imaginar que ese sufrimiento pueda terminar. En ese momento, la esperanza comienza a desvanecerse y el futuro deja de percibirse como una posibilidad para convertirse en un lugar sin salida.
Por eso, comprender la conducta suicida no comienza preguntándonos por la muerte. Comienza preguntándonos por el dolor.
Pero ¿qué entendemos por dolor psíquico? No se trata simplemente de estar triste o atravesar una crisis emocional. El dolor psíquico es una experiencia subjetiva de sufrimiento profundo que invade progresivamente la vida mental. Es un estado en el que las emociones resultan tan intensas que la persona siente que ha perdido la capacidad de soportarlas, comprenderlas o encontrar una forma de modificarlas. No solo duele lo que ocurre, sino también la sensación de que ese dolor nunca terminará.
Cuando ese sufrimiento alcanza niveles percibidos como insoportables, puede producirse lo que proponemos denominar colapso adaptativo transitorio. Este concepto no describe una enfermedad ni un rasgo permanente de la personalidad, sino un estado psicológico agudo en el que los recursos habituales para afrontar la adversidad quedan temporalmente desbordados.
Desde esta perspectiva, el colapso adaptativo transitorio surge de la interacción de cuatro procesos principales. En primer lugar, un dolor psíquico vivido como intolerable. En segundo lugar, la reactivación de experiencias traumáticas o de recuerdos emocionalmente significativos que intensifican el sufrimiento presente. En tercer lugar, una marcada desregulación emocional que dificulta modular la angustia, la desesperanza y la sensación de amenaza. Finalmente, una creciente inflexibilidad cognitiva que estrecha el campo de pensamiento, limita la generación de alternativas y favorece la percepción de que no existen soluciones posibles.
La convergencia de estos procesos produce un estrechamiento progresivo del funcionamiento psicológico. La capacidad para pensar con claridad, pedir ayuda, recordar experiencias de superación o imaginar un futuro diferente se reduce considerablemente. La persona no deja de desear vivir; lo que pierde es la posibilidad de representar una forma de seguir viviendo sin ese sufrimiento.
En ese contexto, la conducta suicida no suele expresar un auténtico deseo de morir, sino el intento desesperado de poner fin a un dolor que ha dejado de percibirse como soportable. La muerte aparece, de manera transitoria, como la única salida imaginable, no porque objetivamente lo sea, sino porque el propio sufrimiento ha reducido drásticamente la capacidad de acceder a otras alternativas.
Comprender este proceso implica desplazar el foco desde la idea de una decisión libre o impulsiva hacia la comprensión de un funcionamiento psicológico temporalmente colapsado por el dolor. Este cambio de perspectiva resulta fundamental tanto para la evaluación clínica como para el tratamiento, ya que orienta la intervención hacia la recuperación de la flexibilidad psicológica, la regulación emocional, el procesamiento del trauma y, sobre todo, la reconstrucción gradual de la esperanza.

Verónica Figueroa Alcorta
Lic. Esp. Verónica Figueroa Alcorta. Psicóloga Forense y Clínica. Especialista en Psicodiagnóstico del test de Rorschach.
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