Hay dolores que no se sienten en el pecho.
Se sienten como una mutilación.
Como si alguien entrara a tu cuerpo con las manos desnudas y, sin anestesia, te arrancara el corazón todavía latiendo.
Como si te dejaran abierta.
Sangrando por dentro.
Con el eco de algo que ya no está, pero que sigue doliendo igual.
Y desde ese día camino así:
con un hueco en el medio del cuerpo.
Un vacío que tiene nombre.
Que tiene voz.
Que tiene recuerdos.
Porque mi corazón tenía un nombre:
Marta.
Y en medio de todo ese dolor encontré algo extraño:
un refugio.
Como un árbol viejo en mitad de una tormenta, perdido en el bosque mientras yo me desangraba por dentro.
Ese árbol también tenía un hueco, igual que yo.
Un árbol cansado, lleno de marcas, pero todavía vivo.
Y me escondí ahí.
Ese árbol se llama arte.
Escribo porque necesito coserme.
Porque las palabras se volvieron hilo.
Porque el arte se convirtió en la única medicina capaz de tocar una herida que nadie ve.
Aunque todavía no sé cómo se construye un corazón nuevo.
No sé si se arma con recuerdos.
Con lágrimas.
Con tiempo.
No sé si las partes rotas que fui encontrando en el camino vuelven a encajar alguna vez.
O si simplemente aprenderé a vivir con el pecho vacío, fingiendo que todavía tengo un corazón completo.
Pero escribo.
Porque tal vez crear sea eso:
reconstruir un corazón pedacito por pedacito.

Ani
Entre páginas y susurros, voy dejando fragmentos de mi vida. Este blog es mi rincón para escribir lo que siento y pensar en voz alta.
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