cuando amas a alguien, no entras con pasos ruidosos—llegas como el rocío que despierta a las flores, con las pestañas llenas de luna y el corazón temblando como ala de mariposa. te vuelves suave, casi invisible, como un suspiro escondido entre los árboles. escuchas su corazón como quien pone el oído en la corteza de un árbol encantado—esperando que murmure secretos que sólo tú puedas entender.
amar es magia antigua, es saber cuándo un alma necesita un rincón de calma con sabor a atardecer, o una palabra envuelta en miel. es tejer con hilos invisibles entre su mundo y el tuyo, sin apurar el hechizo. no lo tomas, lo acompañas. no lo cambias, lo celebras. y en ese danzar sutil, donde dos energías se reconocen sin nombrarse, algo florece.
hay corazones que no necesitan tocarse para reconocerse—se entrelazan como raíces bajo la tierra, distintos, pero inseparables, creciendo mejor cuando florecen cerca. como luciérnagas que encuentran su reflejo en otra chispa y bailan, no porque deban hacerlo, sino porque el universo las imaginó bailando juntas desde el principio.
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