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Crónicas suicidas

Jun 7, 2026

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Crónicas suicidas
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La sensación perenne de orfandad se agudiza cada vez que estoy en presencia de mis padres. La peor hija, quizás. Con certeza la maldita. Llovizna y la niebla abraza un bondi con la calefacción al palo en el que viajo; aprovecho para apoyar la cabeza sobre la ventana luego de haber llorado por más de 2 horas acurrucada, enroscada en un rincón del sillón de mi madre. Nadie sabe ni sabrá de mis lágrimas. Un bache en la ruta hace que un sacudón provoque que me rebote la cabeza contra el vidrio, correctivo necesario en este momento de drama intimo con el que arrastro mi presencia ausente. Miro disimuladamente a un costado, por suerte nadie me vió. Que barato, realmente tan barato que lo regalo. A mi drama digo. Cuatro rotondas y entramos a la ciudad que me ve amanecer todos los días en la bicicleta pedaleando. Un paralelismo contemporaneo podría hacer pensar a quien lee que reparto pedidos, pero no. Mi pedaleo es contraciclico. Yo también viajo cargada, con miles de bolsas en la parrilla, mochilas y vareidad de neceseres, pero con pinturas, pinceles, materiales y herramientas. Voy 3.7 kilometros y vuelvo la misma distancia desde mi casa a la facultad de artes y viceversa. Y cuando vuelve a caer la noche, bajar es lo peor se llama el libro de Mariana Enriquez. A veces pienso que estoy viva por simple y llana inercia, luego recuerdo que vengo luchando por meterle onda a la vida desde ese primer instante en el que la muerte apareció como una opcion salvadora. A los 11 años quizás, no recuerdo el número; sí recuerdo la sensación liberadora que invadió mi cuerpo al pensar la caída que yo le propiciaba a mis muñecas desde el techo de mi casa de infancia, al ponerme en su lugar, esperar el impacto último. Años más tarde pude hacer bungee jumping y comprobé la liberación sin que eso signifique el final. Siempre terminé descartando la opción de la muerte con la misma excusa: como podria hacerle eso a mi padre? JA. He atacado tantas cosas en el nombre de mi padre que lo maté mil veces. Sin embargo, hoy no encuentro mejor manera de salvarlo que esa. La mitología invade mi narrativa y a veces el psicoanálisis, pues analizante. Recuerdo también una visión que tuve luego de estar una temporada en la selva consumiento ayahuasca en ceremonias guiadas por ancestrales presencias. En ella mi mirada abandonaba mi cuerpo y desde el techo de la habitación observaba todo en 360 grados. Habia más gente alrededor, estaba sentada en un sillón del hostel Mochiliers en Cuenca, pero todo era tan rápido que parecía simplemente un cuelgue normal de alguien quemado por la droga. Esta mirada 360 subia en espiral a través de la ventana hacia el cielo y aparecía en una cámara sin paredes que tenia muchas pantallas flotando. En una de esas pantallas me veia a mi en la habitación que acababa de abandonar. Al lado mío una presencia me decía "esto es lo que vas a tener que vivir". No recuerdo qué se veía exactamente en las otras pantallas porque serían televisores de 17" de los 80's. No se distinguía una chota. Hasta el día de hoy me embarga la misma sensación de dolor profundo que me tomó cuando escuché sus palabras y ví lo que sucedía en las pantallas, y a la vez sentir una voluntad inocente, ingenuamente motivada y dispuesta a dar las peleas que sean necesarias. Necesarias para que? Es la pregunta del millón. Hoy batallo por cimentar las bases de una carrera artística con la que pueda vivir dignamente, porque siento que tengo algo para decir, o puede ser que simplemente quiero ser escuchada y vuelvo a la ya invocada orfandad. Entre esas dos fuerzas pendula mi ánimo, entre mis pasiones tristes y diálogos álgidos, entre el humor y la melancolía, entre el amanecer y el anochecer. Sin tan solo pudiera construir un techo para observar el pendular desde arriba, quizás una plataforma de vidrio resistente que me entretenga con la abstracción mientras contemplo la existencia tan humana que me arrastra. Pero lo humano, claro que sí.

Rocío Giménez Ferradás

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