CRÓNICAS DE UN PERIODISTA (frustrado) - “NO INTERACTÚES CON TUS COMEDIANTES FAVORITOS”
May 4, 2026

Junio 2024. Frio. Otra vez manché mi pantalón con yerba y estremecí mi piel con agua de elevadas temperaturas. Otra vez él lo había hecho, había apretado el botón de mi desprejuiciada carcajada interna, que se externaliza con movimientos torpes e inconexos de mi cuerpo, los cuales provocan mi estupidez rítmica, y el manchar mi ropa, una vez más.
Mientras comprendía que la razón por la cual son ignorados la mayoría de mis mensajes para dejar material periodístico en medios y ser considerado es porque cometí el grave error de no nacer en una “familia de los medios”, y ser vago para desarrollar cualidades sociales que me permitan relacionarme interesadamente con personas del medio, llegué a una conclusión: Las rutinas cubren la superficie de nuestros grandes desafíos. La mía, es decir mi rutina, debía ineludiblemente ser bañada de humor, de entretenimiento. A veces algo vulgar, y otras un tanto sofisticado en ciertos aspectos.
Mi desidia periodística, al no conseguir trabajo alguno que sea remunerado, necesitaba de esa distracción humorística que muchas veces dejaba algo más que simple entretenimiento. Esa rutina contaba con la presencia de personas, claro. Si tuviera que dividirlas en grupos lo único que se me ocurre es poner de un lado imaginario a las personas que conozco personalmente y tengo relación, y del otro a las personas que no conozco personalmente pero que todos ó la mayoría de mis días acompañan mis horas en algún sentido. En ese último grupo pongo a aquellos comunicadores y periodistas que desde diferentes señales de streaming, y/o radiales son parte de mi cotidiano, como una manta que arropa mi marginalidad laboral periodística.
Allí se encontraba Gerardo Del Self, un comediante preferentemente radial, quien aggiornado a los tiempos que corren, participa en señales de streaming también. Sus personajes e intervenciones formaban parte de mi cotidiano, y en momentos importantes, matizaban con su humor los diferentes “vistos” sin respuesta en mensajes por redes sociales a personas de los medios, intentando dejar material periodístico, o en consulta sobre lugares para dejar los mismos. Gerardo Del Self participa del programa de radio “Bendita Suerte” en radio SÉ, una señal de radio/streaming nueva dentro del progresismo cultural. El programa, antes emitido en otra señal, no había perdido su esencia: cercanía con el oyente. Recordé, entre risas con las ocurrencias de Gerardo, que una vez le había escrito al humorista, vía Instagram.
Le agradecí su humor, elogié su accionar y me respondió agradecido. A esa respuesta le sumé un nuevo mensaje en donde le compartí material propio a modo de mostrar una pieza también en tono de comedia que había realizado para una marginal señal de radio, ad honorem. La lamparita se me prendió, cosa que agradecí, ya que no veía bien en la cocina para cambiarle la yerba al mate y pensaba que se había quemado. Luego se me ocurrió la idea de volver a escribirle a Gerardo. Al principio la idea no me cerraba, porque si bien el primer mensaje donde le agradecía y elogiaba su accionar fue contestado con amabilidad, en el mensaje siguiente en donde le había mandado material, no hubo una respuesta. El primer mate amargo me daba mas dudas. El segundo, con la dulzura de la azúcar dio vuelta el razonamiento y decidí escribirle. Pensé que su silencio se podía haber dado producto de alguna circunstancial ingeniería humorística que estaba desarrollando para combatir la “pandemia de la desinformación”, como escuché por ahí.
Es increíble el poder de la azúcar, pensé, además. Justo en ese momento un posteo de un amigo me hizo pensar en todo y en nada, casi a la vez. Es que Nacho había emprendido la tarea de desprenderse de consumos nocivos e innecesarios para la vida. Una suerte de “deconstrucción material” pensé. El azúcar, dañina y adictiva, era un elemento que mi amigo había apartado de su cotidiano, y eso fue lo que me retuvo ya que había acabado de endulzar el mate con el cuestionado elemento. Casi como si Nacho hubiese visto que yo leía su posteo me escribió por privado, alentándome a que lo siga en su estoica cruzada neo budista. Lo alenté esquivando una respuesta.
En los últimos días de junio emprendí la tarea de comunicarme con uno de mis humoristas preferidos. Una vez más. Supuse que su atareada cabeza ingeniosa no recordaría que antes le había escrito, ni tampoco se percataría que si subía 2 centímetros hacia arriba en el chat habría un mínimo historial de conversación entre nosotros, entonces me comuniqué como si nunca lo hubiera hecho. En el mensaje me presenté, me referí a que era periodista, editor, guionista y que mis producciones también abordaban el humor. Comenté que era fiel oyente de “Bendita Suerte”. Me atreví a decir que notaba puntos en común entre mis producciones y las suyas, pero con la salvedad de que no me quería comparar, y que admiraba su capacidad de hacerme reír. Por las sutiles coincidencias que notaba mencioné que me gustaría pasarle cosas de las que venía haciendo, para que eventualmente me tengan en cuenta para lo que necesiten o para por lo menos hacer llegar lo que hago a la radio donde trabaja. La ayuda vendría de alguien que me entiende, que comparte mi humor, pensé.
No quise ilusionarme ya que los vistos se acumulaban en mis redes para poder pasar material periodístico, pero la verdad, es que la ilusión estaba a la vuelta de la esquina y el día estaba templado, invitando a caminar mentalmente en esa dirección. La respuesta del mismísimo Gerardo Del Self no hizo esperarse, es más, se dio ese mismo día y encima pocos minutos después de mi mensaje. En su respuesta un escueto saludo, un agradecimiento por mis palabras hacia su labor y una breve confirmación de que le pase el material seguido de un saludo que ponía punto final. Chiquito, al hueso, sin palabras de más, así se comunican los grandes, me dije. Así razonan quienes están más allá del “barullo de la masa” porque tienen que separarse de ella para entenderla y luego poder parodiarla, pensé. Claro que sí. No tardé en pasarle un portfolio de mis trabajos, para que tenga para elegir. Le pedí una devolución, con la salvedad de que lo haga cuando pueda ya que no quería “hincharle”. Por último, le consulté si podía decirme a qué persona de la radio le podía hacer llegar este mismo material ya que eventualmente me gustaría ser tenido en cuenta para lo que necesiten, y recordé mis capacidades técnicas.
Estaba exultante ya que entendía que alguien con mi mismo humor, que hacía reír a los de su clase social, me entendería y me ayudaría dentro de sus posibilidades, a desarrollarme como obrero del humor. Los días pasaban y la respuesta de Gerardo se hacía esperar. Mientras tanto mis carcajadas con sus personajes seguían inundando mis días. Entre risa y risa pensaba, ¿le habrá gustado lo que le pasé?, ¿me dirá si sabe a dónde puedo dejar mi material?, y ya volando mentalmente ¿podré algún día tirar paredes con el gran Gerardo Del Self? Estas preguntas quedaban en la nebulosa, y en un interrogante que se agrandaba al pasar los días.
Como un mensajero del mundo espiritual mi amigo Nacho un día llegó a mi casa. Lo recibí con recelo pues su cruzada ya se materializaba hasta en su vestimenta, al estar todo cubierto por bolsas de plástico negras del chino. Luego del “hola” empezó su evangelización y yo que conocía su pasado consumista que llegaba hasta el punto de ser fanático de marcas específicas, le ponía azúcar al mate sin darme cuenta, y le convidaba. Luego del tercer mate me preguntó: ¿Estás poniéndole azúcar? Mi afirmación lo ofendió, pero no lo detuvo en su prédica. Según me comentaba se había dado cuenta que la ropa, no era más que un cúmulo de trapos que nos separan de la realidad, y que, además, perjudican la figura humana, generando dolores y hasta moldeando partes de nuestro cuerpo de manera antinatural, como los pies con las formas de las zapatillas. Me costó hablar y que me escuche. Sentía que mis palabras rebotaban en la pared y volvían a mi boca sin ser escuchadas. Nacho hablaba y se respondía. Como un manotazo de ahogado le supliqué que se vista con ropa mía porque corría el riesgo de que lo caguen a trompadas o que la policía lo detenga por indigente, ya que me había enterado que ahora estaba de moda. Fue inútil. Así como llegó, con las bolsas de plástico en el cuerpo, se retiró. Prometió volver. Prometí confirmarle mi presencia.
19 días de espera me pareció un tiempo prudencial para volver a escribirle y preguntarle al gran “Gera” Del Self sí había tenido 5 minutos para ver mi material, y atender mi marginal consulta. No quise interferir con su magia humorística y performática, e intenté copiar su método expeditivo de respuesta, el cual fue efectuado por él la última vez: un saludo, la pregunta de si había podido ver lo que le mandé y la consulta repetida (nunca respondida) si sabía a quién de la radio donde hace su programa le podía mandar ese mismo material. Quizás su mente perspicaz sólo puede dejar un pequeño hueco de su materia gris para mensajes por redes sociales, pensé. Lo cierto es que al copiar su método expeditivo de comunicación sentía que estaba homenajeándolo en vida. Un tributo que un humorista siempre es bueno que tenga, y más en vida.
Mi nuevo último mensaje acumulaba 6 días sin ser respondido y sentía una sensación ambigua. Por un lado, las ganas de tener la respuesta, y resolver o no, donde dejar mi material y conocer si le había gustado lo que le mandé. Por otro, algo de culpa. Culpa porque quizás al gran “Gera” le había sucedido algo extraordinario. Quizás su auto sufrió un percance motriz, le vino mucho de expensas, le agarró una infección en los testículos o peor aún, sus chistes no habían recolectado la cantidad de risas esperadas en “Bendita Suerte”. Mi consulta podía ser etiquetada como molesta, intrusiva o acosadora. Si había algo que no me podía permitir era interferir con la caja de pandora de la carcajada que para mí representaba “Gera”, ya que mi humor cotidiano corría el riesgo de empeorar.
Mi celular sonó. Mi amigo Neo Budista me avisó que iba a romper su celular y me invitó a hacer lo mismo, según él porque me quería. Nacho había cruzado la barrera imaginaria del “no retorno” con estas conductas y se lo dije. Sin importarle mis comentarios rápidamente comenzó a explicarme que había que volver a las bases y justamente en ese sentido es que había empezado a formar parte de un grupo autogestivo de personas que se comunican a través de palomas mensajeras. Me dijo “si antes se podía, ¿por qué no ahora?” pero antes que le conteste sonó mi timbre. Era el propio Nacho, quien al entrar apagó su celular bruscamente. Me mostró una factura mía de “Bobistar”, mi compañía de celular. Me comentó que ya se había “ocupado”. Que ya había hablado para que me corten la línea a partir del próximo mes y esa era mi última factura que detallaba mi consumo final hasta el día de la baja. Una “violencia capitalista” me tomó por completo. Fui a la alacena y sin medir consecuencias tomé el paquete de azúcar y rocié a mi amigo neo budista, como quien le tira arroz a una pareja amiga recién casada. Sus gritos y quejidos no me detuvieron y el paquete, antes casi lleno, ahora estaba vacío, parte de su contenido ahora inundaba el piso y otra parte el cuerpo de Nacho. Su enojo era menor al mío, pero se fue refunfuñando y acomodándose las bolsas del chino de su cuerpo, ahora llenas de azúcar pegada gracias a la transpiración de su cuerpo.
Dice la biblia que al séptimo día dios terminó lo que había hecho y descansó. Yo me enteré de esto viendo un fragmento de “Pare de Sufrir Estúpido”, un programa religioso de la madrugada el cual circunstancialmente llegó a mí, y me hizo pensar que ya se cumplían siete días desde mi último mensaje al gran “Gera” del Self. Y así como dios se dispuso a descansar después de terminar la tarea del colegio, yo debía hacer lo mismo: terminar mi tarea comunicativa con mi humorista predilecto, efectuando un último mensaje imponiendo mi parecer, aunque me duela “marcarle la cancha” a un prócer “underground” de la risa, para poder así descansar de tanta desidia comunicativa. Impulsado por la biblia y por la energía combativa que todavía me quedaba de mi cruce con Nacho, le escribí. Tras el saludo me disculpé por la posibilidad de estar molestándolo. Le prometí dejar de escribirle luego de ese mismo mensaje si no me respondía otra vez.
La admiración latía en mi mano y escribió un pedido de contestación a la siguiente oración. Pero revelando la verdadera intención de ese pedido alegué como característica de mi realidad utilizar estos métodos de comunicación con colegas, por no poseer ningún tipo de ligazón con los medios, en absoluto. Le dije que esa es mi única herramienta para llegar a los medios, en esta era 100% digital que sirve como barrera de contención al trato cara a cara. ¿Al trato que significaría dar algunas explicaciones sí o sí de cómo funcionan los medios?... Explicite que ese método de comunicación sólo perseguía el mísero “sueño” de poder dejar material propio. No era una extorsión con secuestro de familiar incluido, a cambio de un rescate con forma de un puesto de panelista de alguna sección pedorra paga.
Qué poco pretencioso estaba siendo, pensaba mientras escribía el mensaje. El progresismo mediático evidentemente no estaba generando en mí la ambición material promedio. Pensé en consultar un médico también. Reconocí mi admiración hacia él y prometí que eso no cambiaría pese a otra “no respuesta”. Creo que ignorar a alguien es lo peor y se lo dije. Me mostré comprensible ante los posibles imponderables que pudieran haber intervenido en esta microscópica interacción virtual, pero me mostré reacio a creer que no dispusiera de 5 minutos luego de varias semanas. Al escribir esto caí en la cuenta que no estaba considerando que Gera Del Self era, además de un ser humano como yo, un creativo de la carcajada progresista deconstruida porteña, y que su genio implicaba quizás no ser tan ducho con algunas habilidades sociales, y “debía entenderlo y seguir mi camino” como dice el conocido escritor y psicólogo Gabriel Gilón.
Al ser consciente de esto seguí escribiendo intentando ir a lo básico. Me dispuse ayudar a esa comunicación con frases que vayan a lo simple y lo concreto de un entendimiento entre humanos al estilo: Si llegando a la esquina de una vereda ves que viene un auto, frena. Si alguien te pregunta la hora por la calle y tenes algún tipo de reloj, decisela. Estas asociaciones simples de entendimiento llegaron literalmente hasta el punto de pedirle que, si no quería ayudarme, me lo dijera. Quería asegurarme de ser comprensivo con todas las cosas que le pudieron haber pasado a un genio del humor progresista como Gera con mi inhóspita intervención digital en su vida. Por último, un pedido de no ignorar a alguien en desventaja que le habla sinceramente. Por las dudas, y alentando a una comunicación mínimamente fluida para entendernos, avise que cualquier respuesta me servía, e iba a saber comprender. Lo mandé.
Ese mismo día, como una reconstrucción del tejido social roto que podía llenar de esperanza el entendimiento entre seres humanos que viven en un mismo país y cultura, hablan el mismo idioma, pertenecen a la misma clase social y se dedican a cosas parecidas, Gera me contestó finalmente. Antes de abrir el mensaje una sensación de “creer en la humanidad” invadió mi ser. Por fin había logrado que alguien del medio que encima admiro y me hace reír a diario iba a saber darme las indicaciones mínimas para poder dar mis primeros pasos en la disciplina que estudié y me apasiona.
Primero Gera me pidió disculpas en tono coloquial. Explicó que tuvo unos días “complicados” pero que igualmente había visto lo que le pasé. Dijo que algunas cosas le habían gustado más que otras. Revelando un misterio nunca consultado me dijo que no tenía ningún lugar de toma de decisión. Alegó que igualmente iba a pasar mi material al “tano” sin explicar de quién se trataba, para ver si “él puede hacer algo”. Acto seguido, cambiando de tema y sin ningún tipo de moderación expresó que mi último mensaje le parecía “una mierda” y me pedía que no le escriba más. Un “gracias” final como quien sale de comprar del chino y quiere parecer persona y fin. Me sentí huérfano.
Todos mis esfuerzos por ser comprensible con uno de mis ídolos progresistas en la comedia radial y de streaming no habían bastado. Todos mis diques de contención para sostener una mínima comunicación y no ser arrasado por el mar del menosprecio, no habían dado resultado. Mis escenarios contemplativos que semana a semana se reconstruían buscando un por qué no me contestaba, por qué me ignoraba, y, en fin, por qué estaba haciendo lo que hacía, se habían topado con una pared (aparentemente de materia fecal digital). Evidentemente había algo en el mundo digital y material que no estaba funcionando para mí. Fue ahí cuando recordé a Nacho y sus alocados consejos, que a esa altura no me parecían tan alocados.
Sus reflexiones ahora me contenían como no me contuvo Gera. Pensé si había sido muy grosero con Nacho la última vez. Resolví contactarlo de alguna manera. Quería intentar transitar ese camino de deconstrucción material. Quizás estaba sumergido en un pozo de miserias superficiales producto del materialismo que propone esta sociedad consumista. Quizás Nacho estaba tan acertado que mi obnubilada conciencia lo asociaba a alguien desequilibrado para no acercarme a la verdad. Como sabía que probablemente no tuviera a esa altura ningún medio de contacto digital, ni siquiera celular, me dispuse a ir directamente a la casa.
Llegué y toqué timbre. Espere. Tras dos largos minutos de espera Nacho abrió la puerta, y sorpresivamente para mí, estaba vestido. Sonrió acercándose, luciendo una camisa claramente cara, hasta de seda y un perfume extremadamente fuerte. En su mano un celular. Me tomó del hombro y con una expresión ambiciosa y llena de verdad me dijo mostrándome el celular de su mano “Boludo, tenes que comprar estas cripto. Están baratísimas y en unos meses se van a la mierda”.
End
Marco Aurelio Maldonado
Soy periodista. También escribo guiones para producciones audiovisuales, me gusta editar y filmar. Tengo un canal de YouTube de humor junto a mi compañera, les dejo el enlace 👇
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