crónica de una noche que se fue al carajo
May 18, 2026
Anoche me la pegué, sí, pero de esas que no pesan. Asado, humo, risas que se te meten en el pecho y no salen más. Julián y yo en modo proveedores oficiales del caos, cargando alcohol como si fuera combustible para algo más grande. Pablo, cumpleañero, artista del desastre, intentando construir un “viajero” con una botella mutilada como si estuviera resolviendo la física del universo. Y nosotros riendo. Mucho. De más. Hasta que dolía y seguíamos igual.
En Palermo no había lugar ni para las excusas, así que dejé el auto en la vereda como quien planta bandera. Y ahí, en medio de ese cuadro medio torcido, aparece un tipo prolijo, ajeno a nuestra frecuencia, que se acerca y nos felicita. No sé por qué. Capaz vio algo que nosotros todavía no: esa felicidad desprolija, sin filtro, que no pide permiso. Nos miramos y nos reímos más fuerte, como si hubiéramos ganado algo.
Después quisimos entrar a un boliche, pero claro, Pablo y su invento con ron y coca daban más crónica policial que noche glam. El de la puerta nos bajó el pulgar y yo, en un ataque de dignidad ridícula, me enojé como si estuviera defendiendo una causa noble. Pablo volcó el trago en el cordón, como un ritual de despedida, y seguimos caminando, livianos, como si el plan B siempre hubiera sido el verdadero.
Terminamos en un lugar que hoy ya no existe, pero anoche era todo. Whisky, humo, palabras que se pisan, Pablo bañándose en sus propios tragos como si fuera parte del show. Y en medio de ese delirio, algo encajaba: la certeza de que no hacía falta que nada fuera perfecto. Éramos nosotros, en ese instante, sin corregir nada. Y alcanzaba
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