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Crónica de un taller con Alejandra Kamiya (Festival FILBA 2025)

Aug 1, 2025

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Crónica de un taller con Alejandra Kamiya (Festival FILBA 2025)
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Vine a Bahía Blanca “de casualidad”. Mentira: pedí vacaciones para venir al Festival de Literatura FILBA. Intento no caer en lo autorreferencial, pero aquello que escribimos con la voz de lo que conocemos nos incluye. Así que estoy acá… o mejor dicho, ahí estuve: en el taller intensivo que Alejandra Kamiya dictó en el rectorado de la UNS.

Hoy me toca ser cronista, y esto les cuento:

Lo que encontré fue revelador. No conocía a Alejandra Kamiya más que por ese breve bloque biográfico que acompaña sus libros. Sin embargo, creo que cuando uno disfruta de una historia, accede –sutilmente– a la persona que la escribe.

En este taller, Alejandra nos invitó a escuchar sus enseñanzas citando a sus maestros y colegas. De esa forma, conocimos aquello sobre lo que su biografía guarda silencio. La sala entera se enfrentó a un espejo entre ella y sus cuentos. El encuentro comenzó con la teoría del iceberg de Hemingway. Nos propuso pensar en un texto trascendental para nosotros, no por lo que dice, sino por todo lo que deja bajo la superficie.

También habló sobre cómo, en la vida cotidiana, la tensión se desarrolla de forma orgánica. Me dio la sensación de que su comodidad no se halla en el monólogo ni en la estructura rígida. En búsqueda del diálogo, nos propuso un ejercicio de improvisación. Ella dijo la palabra “blanco”, y nosotros debimos escribir lo primero que apareciera. Tuvimos un minuto y medio para mover la muñeca más rápido que la cabeza. Evitar leer para adentro antes de escribir.

Con la palabra blanco, yo escribí lo siguiente:

Blanco es el manto que cubre la tierra.
Si una pureza tan hostil fuese capaz
de esconder lo macabro en el ser humano,
veo a mi mamá, cubriendo la tierra
con un mantel blanco.

No me animé a leerlo en voz alta, y hasta me pareció sentir la mirada de la escritora invitándome. Pienso que no lo hice porque… ya había contado con el micrófono una vez. Terapia de exposición garantizada. Importa aclarar que lo del micrófono está libre de metáforas: ella se acercaba hasta tu lugar para que todos en la sala fuéramos cómplices en esta historia.

Otra compañera sí se animó a leer lo que improvisó. Ahora me gustaría recordarlo con todos sus detalles.
Imitar a Alejandra y hacer de esta simple crónica un hecho trascendente.

Creo que fue un poema lo que leyó. O en todo caso, una lista de palabras asociadas: blanco, pureza, chantilly, merengue… hasta llegar al negro, voraz.

A partir de ese ejemplo, Alejandra nos invitó a pensar en los filtros con los que corregimos un texto. Citando a una colega cuyo nombre no recuerdo, habló del registro de las palabras. El registro es esa red que sostiene el universo de un texto: lo que permite que las palabras cobren vida en cadena, de forma coherente.

Para que se entienda de forma más cotidiana, nos dio un ejemplo:
El rostro de mi viejo. La jeta de mi padre –dijo Alejandra.
Y sí, suena incómodo. Saber elegir las palabras es tan importante como su significado.

Volviendo al texto de la compañera, el grupo pareció coincidir al principio: chantilly y merengue no solo resultan repetitivas en un texto tan breve, sino que también parecían ajenas a lo que las rodeaba.

Hasta que otra participante –una mujer sentada a poca distancia de nosotros– dijo que a ella sí le había gustado el uso de chantilly. Reconoció ser correctora ortográfica, y con ese dato justificó su disenso con Alejandra.

Ese comentario pareció despertar otro interés en la tallerista. En varias ocasiones deslizó, con claridad, su gusto por ser contradicha. Por el debate. Por el diálogo.

Hacia el final del encuentro, todo giró en torno a chantilly. Y qué irónico que yo esté ahora haciendo de este taller una crema.

Sin bordes, y dibujando un círculo desde el centro –como nos pidió ella– estuvimos improvisando por un minuto y medio. Y por una hora y media, nos sumergimos en la leve superficie del iceberg de Alejandra Kamiya.

Yo, por mi parte, me quedo con la sensación de que este taller fue uno que sucedió dentro de uno de sus cuentos: con silencios que hacen ruido, palabras que buscan su tono y un blanco con múltiples lecturas.

Me gusta la idea de terminar esta crónica haciendo uso de esta experiencia: improvisando, y estudiando mi propio texto.
Tengo más para decir. Todo lo que pensaba mientras cruzaba la Plaza Rivadavia, camino al loft donde me estoy quedando.
Pero con tanto chantilly y tanto merengue, mi admiración por la escritora ya se siente pegajosa.
Llena de azúcar.

Exequiel Grant

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