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Al pie de la laguna miró a su al rededor y quedó atónito. Ese paisaje le regalaba tanta hermosura que no creía ser merecedor de ella.

Si tan solo pudiera ser uno con ella sería un honor.

Observó cada rincón de esa laguna pensando en los peces, en las aves que se alimentaban. Y ahí lo vió. Ese árbol era suyo. Ese árbol tendría todo su ser.

Un segundo.

La laguna lo aceptó.

Ahora hay un guardían que ella dejó entrar y que protege a cada hoja, a cada pez, cada rincón de esa laguna.

Ahora su alma entera le pertenecía y él se la entregó feliz a ella. Él realizaba su tarea

con gratitud y mucho amor hacia ella.

Ella frecuentaba el lago cada vez que la realidad la agobiaba. Ese paisaje era una pintura donde el pintor nunca se imagino que allí habría una tragedia.

La realidad la agobio y decidió ir a esta pintura. Llevaba un canasto y una manta para sentarse bajo su amor. Observaba cada hoja. Acariciaba ese tronco sabiendo que el estaba.

Cada vez que iba su sonrisa se iba borrando ¿por qué? No había respuestas. Ni una carta, una señal.

Sin embargo ella sabía el dolor y la pena que él llevaba adentro.

Pensaba que podía ayudarlo pero finalmente se dio cuenta que la decisión ya estaba tomada antes de conocerla.

Besa el trocó.

Volverá.

María Eugenía Gaozza

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