Ojalá llegara el día en que mi corazón dejara de sangrar, en que su latir no fuera más una herida abierta que me consume. Si pudiera, lo arrancaría de mi pecho y lo arrojaría al olvido, pues llevarlo conmigo es cargar con el peso de la existencia misma: dolor, angustia, amor y desamor, emociones que se entrelazan como una tormenta perpetua. ¿Por qué está destinada el alma a sentir tanto? ¿Por qué el corazón no puede limitarse a un amor puro y simple, sin las espinas que lo desgarran?
No sé cuándo cesará este sufrimiento, pero sueño con el día en que mi interior deje de ser un campo de batalla. Un día en que las pesadillas que me persiguen se disipen, en que una simple canción no evoque la melancolía más profunda. Lo único que anhelo es liberar a mi ser de este perpetuo tormento, sanar las heridas invisibles y, finalmente, encontrar la serenidad que tanto busco. La tranquilidad de un corazón en paz, ajeno a la carga de sentir demasiado.
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