No creo en la anestesia como forma de vida. No porque desprecie a quien la necesita, sino porque no es mi lenguaje. Hay quienes requieren suavizar la existencia para soportarla: ponerle sentido inmediato al dolor, llamar destino a lo que ocurre, convencerse de que todo encaja. Yo no puedo.
La lucidez no es una virtud; es una condición. Y como toda condición, tiene un precio. Pensar no me salva, pero me mantiene despierta. Sentir no me redime, pero me confirma que estoy aquí. No busco el sufrimiento, pero tampoco huyo de él cuando aparece.
¿Que no piense así? como si pensar fuera una desviación. Como si preguntar por el sentido de vivir fuera un error y no una experiencia humana fundamental. Pero esas respuestas no nacen de la comprensión, nacen desde la necesidad de que todo tenga un orden para no caerse. Temor a que, si no hay un porqué último, todo tiemble.
Yo no creo que la vida venga con un significado incorporado. No creo que nacer implique una misión ni que existir garantice plenitud. Se nace sin contrato, se vive sin manual y se muere sin haber entendido del todo. Y, aun así, algo persiste. No el sentido, sino la conciencia. Esa conciencia incómoda que observa, que no se conforma, que no se deja tranquilizar fácilmente.
Todo es efímero. No como tragedia, sino como condición. Lo que dura, dura poco; lo que parece firme, se desgasta; lo que hoy sostiene, mañana cae. Exigir permanencia a lo que no la prometió es una forma de violencia contra la realidad. Aceptar la fugacidad no vuelve inútil la experiencia: la vuelve precisa.
No espero que la vida me explique nada. No le reclamo coherencia ni justicia. No necesito creer que todo tiene un propósito para seguir respirando. Estoy aquí sin garantías, sin promesas, sin certezas finales. Y esa ausencia de fundamentos, lejos de destruirme, me obliga a elegir con más cuidado cómo estar.
No todos toleran esta forma de mirar. La lucidez aisla. Aísla. Deja fuera del ruido cómodo de las respuestas rápidas. Pero también libera de la obligación de mentirse. Prefiero el peso de la conciencia al alivio de la negación. Prefiero una verdad que incomoda a una ilusión que adormece.
No vivo para justificar la existencia ni para encontrarle un final feliz. Vivo porque existo. Y mientras exista, pienso. Y mientras piense, siento. Y mientras sienta, no me anestesio. Esa es mi manera de habitar el absurdo sin traicionarme.
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