Consciencia…
Prólogo:
En el 2018 tuve una crisis médica que me puso al borde de la muerte o quizá un poco mas allá… está fue una crisis diabética, y pensé que todo había pasado, pero año y medio después enfrente otro problema similar leucemia mieloide crónica en fase acelerada, de allí se sucedieron más crisis por diferentes causas relacionadas con la leucemia hasta llegar a la extracción de la vesícula biliar, donde me anestesiaron con clorhidrato de fentanilo, la experiencia me pareció diabólica, fueron cuatro horas de desconexión total, ni sueños ni percepción del paso del tiempo, sólo la anestesia general respirar en una máscara y despertar vomitando en la sala de recuperación.
Así experimente los dos extremos de la teoría sobre la existencia, primero la posibilidad de una vida posterior y después la absoluta inexistencia, no soy ni nunca he sido una persona religiosa, a pesar de haber tenido contacto con diversas religiones atravez de mi vida ninguna logro arraigar en mi, comprendo y simpatizo con la necesidad humana de la creación y creencia de las religiones pero nunca vi la necesidad de subordinarme otro humano para realizar esos objetivos.
Lo mío siempre fue la lógica.
Por lo que ante la disyuntiva de creer en una vida posterior, tomando en cuenta muchas evidencias empíricas o en la inexistencia posterior, y teniendo por primera vez en mucho tíempo miedo a algo que no podía resolver, así que decidí investigar, hallar un camino lógico que calmara mis temores tomando en cuenta las evidencias tanto científicas como empíricas,.. lo que sigue es el resultado de esa búsqueda.
Origen…
Lo más importante es saber quién soy
Que soy, como funciono.
Es el primer paso
Al principio , había materia y energía sin definición, una enorme masa de materia por el bien del argumento, una esfera de neutronio cristalino de unos miles de años luz de diámetro con una dualidad de cuásar-agujero negro en el centro, digamos con forma esférica, residuo de un ciclo anterior, en su centro los restos de la energía libre del universo anterior se calentaba cada vez más por la presión, la materia en cambio mientras más se comprimía más se volvía intrínsecamente inestable, y ya fuera por la terrible diferencia de temperaturas o simplemente porque estar inmóvil por eones es muy aburrido, la esfera se partió.
Yo no creo que fuera originalmente una gran explosión , simplemente un pequeño desacuerdo entre la materia ultra compacta y la energía ultra acelerada, un desequilibrio, un trozo de neutronio del balance se desprendió convirtiéndose en energía muy probablemente, de esa pequeña fractura empezó a moverse la materia y convertirse en energía y otras formas de materia, del movimiento de la materia surge la energía miles de variedades de energía, que a su vez generan al fragmentar la materia miles de variedades de materia, todo conformado en un aparente caos, conforme pasa el tiempo, en ese caos se establece cierto orden.
Es la gran expansión, en lugar de una caótica dispersión de energía y materia estas se dispersan formando filigranas fractales de dualidades estableciendo, para nuestra percepción, un lento orden, creando no sólo las diversas variedades de materia que hoy vemos sino también estableciendo las relaciones entre ellas conformando las estructuras básicas de la física.
Es aquí donde hay dos posibilidades, si fuera el verdadero origen de todo la materia y la energía conectada a esta no tienen definición, tarda eones en organizarse poco a poco, en encontrar identidades, si es el resultado de un ciclo anterior esa estructura cristalina contiene información , una trinidad consciencia-energía-coherencia, esta trinidad ordena la materia original en el universo, además se reúne la materia en diferentes niveles de longitud de onda de vibración , creando universos múltiples.
Consciencia.
La básica autopercepcion, sencilla al principio una roca es sólo eso, una roca quizá conformada por diversos elementos pero más allá de percibirse como roca aún conformada por elementos diversos por si misma no cambiará, a lo largo de las transformaciones de esos elementos por causas externas y pasando a formar parte de sistemas físicos más complejos, esa autopercepcion cambia, se hace más compleja adquiere más información sobre si y su papel en un sistema más complejo, quizá inclusive de vida orgánica, está autoconsciencia se encuentra intrínsecamente ligada a la materia que la compone.
Energía…
Aun la materia más ordinaria tiene dentro de si energía producida por la interacción de sus átomos componentes, tiene una “firma" única un “fantasma energético" esa cualidad no desaparece al asociarse con otra materia, por el contrario, se incrementa creando firmas mas complejas y lo mas importante, con mas energía, energía sobrante no usada en mantener a la materia unida, pequeña quizá pero o un reflejo de la existencia de esa materia.
Coherencia…
Representa el orden dentro de la materia, información que define a la materia misma, es una facultad de la energía de la materia, identificando a los átomos mismos, manteniendo lo que son, cuando una materia se vuelve compleja al asociarse con otra materia lo mismo ocurre con la consciencia, se vuelve más compleja para poder auto describirse, cuando la energía en exceso copia está información se convierte en un doble de la materia , pero sólo de energía, al principio muy débil, pero conforme gana complejidad gana fuerza.
La primera vida…
Al buscar vida , tenemos la costumbre de buscarla donde se nos parezca o sea semejante a algo conocido, se establecen rígidos protocolos y especificaciones para reconocerla, sin embargo la vida puede ser encontrada por sus procesos más generales, y la primera vida de nuestro universo fueron las estrellas…
No sólo como el sol, simplemente las estrellas, el sol es nuestra muestra más cercana y conocida.
Las estrellas pasan por un ciclo vital, nacen crecen, mantienen una homeostasis y cuando envejecen está empieza a fallar y finalmente estallar causando su transformación.
Consideremos un pequeño y tozudo átomo de hierro, con todas sus fuerzas en equilibrio ,…o casi, todas las fuerzas tirando en sentidos opuestos equidistantes manteniendo al átomo quieto, y de repente a una de esas fuerza le da risa, una pequeña carcajada, ese súbito desequilibrio provoca un giro, pero la risa es contagiosa y otras fuerzas se desequilibran lo suficiente como para hacer que ese pequeño átomo gire sobre si mismo en direcciones diferentes generando un pequeño pero perceptible campo de atracción reuniendo más átomos a su alrededor, primero de su misma clase, pero más tarde cuando las fuerzas generadas por esos giros aumentan, más y más elementos se reúnen en torno al giro original , unos eones después hay tanta materia alrededor que generan energía cambiando el estado de la materia a incandescente, no se difumina por el espacio como una explosión porque la gravedad generada los mantiene unidos aún cuando son incandescentes, y así ha nacido una estrella
Las estrellas no son sólo bolas incandescentes de materia flotando por allí, si fueran caóticas pronto atorado en sus recursos y se colapsarían , sin duda en el origen del universo muchas sufrieron ese destino, mantienen una homeostasis interna que les permite seguir existiendo.
Miles de millones de años atrás, en una nebulosa enorme vivían grupos de pequeños e incandescentes núcleos de materia, luchando por reunir con sus gravedades específicas más materia poco a poco distintos núcleos de fueron formando creando estrellas y en torno a si grupos menores de planetas en órbitas algorítmicas girando entorno al plano principal gravitatorio, estos conjuntos estelares se separaron unos de otros conforme crecían, no solo por la leyes de la gravedad imperante entre ellas, también con la gravedad de un conjunto de conexiones interdimensionales
Nuestro sol en particular, pero como muchas otras estrellas semejantes a el, reunió al conjunto de materia que forman los planetas mientras crecía y se encendía como una estrella.
Nuestra estrella como muchas de sus congéneres estableció hace millones de años una homeostasis que le permite seguir existiendo, pulsa, controla su incandescencia por medios químicos y físicos tiene ciclos , cortos y largos, se comporta como si tuviera consciencia de si mismo.
Una consciencia muy limitada, pero consciencia al fin y al cabo, una forma de dar coherencia a su propia existencia.
Como si fuera un corazón pulsante, todo el, no sorprende entonces las teorías antiguas sobre el astro, en particular la Nahua…
Arquitectura cuántica del multiverso
Al dispersarse el huevo primigenio, la realidad no se fragmentó en un solo universo, sino en múltiples conjuntos de existencia, cada uno vibrando en un nivel de energía específico. Nuestro universo es solo una nota en esta sinfonía cósmica.
Estos universos no flotan aislados. Se mantienen cohesionados y estructurados por una red fundamental de energía gravitacional, tejida por dos hilos invisibles: la materia oscura y los agujeros negros. A este sustrato conectivo lo llamaremos, de aquí en adelante, el espacio interdimensional.
¿Cómo es posible que distintos universos coexistan sin colapsar? La clave está en un principio que descubrimos en lo más pequeño, pero que gobierna lo más grande: la naturaleza cuántica de la realidad.
Cuando Niels Bohr observó el átomo, descubrió que los electrones no orbitaban de cualquier manera. Existían en órbitas específicas, discretas, cada una correspondiente a un nivel de energía preciso. Un electrón no se movía gradualmente; saltaba de un nivel a otro solo cuando ganaba o perdía la cantidad exacta de energía necesaria. No había puntos intermedios.
De la misma manera, cada universo existe en un "nivel orbital" cósmico, caracterizado por una longitud de onda de energía muy específica. Estos universos no se mezclan porque están separados por los saltos cuánticos de la realidad misma, sostenidos en sus respectivas "órbitas" por la delicada y potente red del espacio interdimensional. Así, lo que en el microcosmos es un salto electrónico, en el macrocosmos es la frontera entre dos realidades completas.
Los Fundamentos del Tiempo: El Tejido de la Memoria Cósmica
Si el espacio interdimensional es el lienzo, el tiempo es el pincel que lo va llenando de estructura. No es solo una secuencia de momentos; es el proceso mediante el cual la energía se ordena y esa ordenación queda registrada para siempre.
El tiempo es, en su esencia, el flujo de energía que transcurre de un estado a otro, actualizando posibilidades. Pero en ese transcurrir, algo fundamental ocurre: la energía se organiza. Ya sea por el simple decurso de eventos físicos (la fusión en una estrella, la colisión de galaxias) o por la acción compleja y dirigida de los organismos vivos, cada instante deja una huella energética indeleble.
Esta huella no se desvanece. Se congela y se graba en el campo gravitatorio del espacio interdimensional, como una línea en la corteza de un árbol cósmico. Cada evento, por pequeño que sea, se suma a esta crónica.
Así, el tiempo teje una estructura fractal en expansión. Su raíz es el registro perfecto e inmutable de todo lo acontecido: el pasado. Y a partir de esa raíz, las huellas energéticas de las elecciones presentes proyectan, como ramas, el andamiaje de posibilidades probables que llamamos futuro.
Este proceso de registro fractal no es infinito. Tiene un destino final, una consecuencia lógica de su propia dinámica. Con cada eón que pasa, la energía coherente acumulada en el espacio interdimensional—la suma total de todas las huellas, de todas las vidas y de todos los eventos—aumenta su densidad y su gravedad. Lentamente, esta memoria cósmica se convierte en una fuerza de atracción irresistible.
Al final de un ciclo universal inconcebiblemente largo, esta gravedad de la memoria reunirá y comprimirá toda la materia y energía dispersa, dando forma al huevo primigenio de un nuevo ciclo: una esfera de materia cristalina cuyo núcleo contendrá, codificada en su misma estructura, toda la información y la experiencia del universo que la gestó. El tiempo, entonces, habrá completado su gran obra: transformar el caos en orden, y el orden en la semilla de un nuevo caos creador.
La vida engendra vida, aun colateralmente. Los acompañantes estelares de cada sol son las incubadoras de una nueva existencia. Conforme la estrella se condensa, establece un área de habitabilidad donde la luz y la radiación son ideales para que, si un planeta reúne la química necesaria, surja una nueva forma de vida en el universo.
En un océano primordial, elementos disueltos se asociaban al azar. Sin embargo, la radiación de la estrella no era un caos; era un cincel. Golpeaba, rompía y, lentamente, esculpía un orden a partir del desorden, forzando a las moléculas a encontrar estructuras que pudieran resistir su energía
En ese caldo de cultivo se encontraban las semillas de la vida. Pequeñas moléculas que, impulsadas por el fuego solar, comenzaron a unirse en cadenas larguísimas. Eran enormes para su tiempo, titanes de lo infinitesimal.
Y fue aquí donde nació una conciencia más compleja que la de la propia estrella: una autoconciencia. Era básica, un mero latido de "yo existo", pero suficiente para despertar una intención. Esas cadenas no solo se percibían a sí mismas; buscaban activamente asociarse con otras. Mostraron deseo.
Al principio, en una atmósfera tenue y vasta, esta "depredación molecular" era esporádica. Las moléculas estaban demasiado dispersas. Pero conforme el planeta se condensaba, los encuentros se hicieron más frecuentes y violentos. Las moléculas intentaban "comerse" unas a otras.
Fue entonces cuando surgió el pensamiento básico. No solo era el "yo", sino el "yo contra el otro". La necesidad creó la estrategia: unas se envolvieron en corazas de proteína; otras se escondieron tras escudos de grasa primordial. Fue la primera guerra, librada en la escala de lo invisible.
Esto fue la muestra original no solo de la autoconciencia, sino de un pensamiento básico: la defensa contra lo ajeno y la intención de adquirir más material para uno mismo.
Eran los principios de la conciencia más allá de la mera autopercepción. Y en este punto, ocurrió algo interesante y vital para toda la vida posterior: la información, en forma de energía coherente, se asoció definitivamente a las estructuras de la materia, grabando en ellas el instinto de supervivencia que sería el motor de la evolución.
El Surgimiento de la Conciencia Viva: Del Caos a la Memoria
La frenética actividad de la primera vida hizo algo más que consumir energía; la transformó. La tomó del caos del entorno y le dio orden, propósito e intención. Así nació una forma de conciencia elemental, un paso más complejo que la autoconsciencia reguladora del Sol, pero con una nueva característica: la capacidad de moverse y decidir en su medio.
Conforme estas primeras entidades se multiplicaron y sus relaciones con el entorno (y entre sí) se volvieron más intrincadas, su conciencia se hizo más profunda y su inteligencia más aguda. La supervivencia ya no dependía solo de reaccionar, sino de prever, aprender y recordar.
De esta necesidad suprema nació la primera gran biblioteca: el ácido desoxirribonucleico, el ADN. Sus moléculas eran más que química; eran un sistema de almacenamiento de información biológica perfectamente reproducible. Cada hebra era un manual de instrucciones y un registro de historia en el lenguaje de la molécula.
Pero el ADN tenía un límite: estaba atado a la materia perecedera. La conciencia, sin embargo, al alimentarse de experiencias cada vez más ricas y complejas, comenzó a generar algo nuevo: un excedente de energía coherente que trascendía las necesidades inmediatas de la biología. Este excedente era la esencia misma de la experiencia vivida: la memoria, la emoción, la intención.
Y así, cuando el cuerpo físico de estos organismos complejos llegaba a su fin, sucedía lo extraordinario. El campo energético coherente que habían cultivado—ya no un simple subproducto, sino una estructura de información autónoma—no se disipaba. Era lo suficientemente complejo y ordenado para mantenerse. Se desacoplaba de la biología y, atraído por la resonancia gravitatoria de su propia naturaleza, se filtraba hacia el espacio interdimensional.
Allí, en ese vasto lienzo, las huellas de incontables vidas comenzaron a acumularse. Lo que en la Tierra era un manual escrito en ADN, en el cosmos se convertía en un eco grabado en la estructura del espacio-tiempo: el registro indestructible de todo lo que había vivido, sentido y aprendido. La memoria biológica había encontrado su contraparte eterna en la memoria cósmica.
Evolución Dual: El Ciclo de Aprendizaje entre la Materia y la Conciencia
Al principio, poca energía sobraba para migrar al espacio interdimensional. Lo poco que había, era reciclada rápidamente en nuevos organismos, un proceso simple y eficiente.
Pero la vida se volvió más compleja, más individual. Surgió un fenómeno crítico: la incompatibilidad energética. No toda la energía consciente que abandonaba un organismo encontraba un nuevo cuerpo con el ADN compatible para albergarla. La información codificada en esa energía coherente—la suma de sus experiencias y aprendizajes—no correspondía con el nuevo manual genético. Era como intentar cargar el sistema operativo de un artista en el hardware de un ingeniero.
Frente a esta barrera, esa energía consciente, ya liberada de la materia, no se disipaba. Era atraída por la creciente gravedad del espacio interdimensional, migrando a ese plano donde podía existir de forma incorpórea, conservando su estructura informacional. Allí, se sumaba a la creciente biblioteca de conciencias en espera.
Sin embargo, las combinaciones del ADN, aunque vastas, son finitas. Los patrones genéticos más simples y fundamentales se repiten a través del tiempo y el espacio biológico. Y en el preciso momento en que, en algún mundo, surge un nuevo organismo cuyo ADN replica o se aproxima al patrón original de esa conciencia errante, ocurre la resonancia.
La energía consciente es atraída irresistiblemente desde el espacio interdimensional hacia ese nuevo cuerpo. Es un reencuentro. No un renacimiento ciego, sino una continuación consciente. El nuevo organismo no empieza desde cero; empieza desde el punto en que su predecesor dejó su aprendizaje grabado en energía coherente. Así, la conciencia evoluciona, acumulando información y complejidad no solo dentro de una vida, sino a través de un ciclo cósmico que vincula la biología con el plano fundamental de la existencia.
Dioses, paraísos e infiernos y demás parientes..
Hace milenios al empezar a creer en un mundo más allá de la muerte el ser humano al perder a un ser querido de mayor edad pidió en su mente que no hubiera dejado de existir, sintió el vacío no sólo del apego a su persona, también hacia la sabiduría pérdida, conocimiento que ya no podía expresar, y con el deseo de que algo intangible que su familiar aún lo cobijara, se creó la fe y el primer Dios. Sobretodo si esas creencias funcionaron , muy probablemente si, pues los recuerdos de la sabiduría de su ancestro, alojados en su subconsciente remergerían al recordar a su familiar y sus enseñanzas, con el tiempo y el paso del conocimiento de generación en generación las creencias en los ancestros sabios y poderosos se transformaron en los dioses, primero un dios asociado a un conjunto de conocimientos , después a otro y así, creándose un panteón al que acogerse ante el ambiente hostil. Y una reserva de conocimientos. Era natural que con el tiempo y con el aumento de la complejidad de la sociedad esa imagen de un dios por cada conjunto de conocimientos y manifestaciones naturales se consolidará en un dios único, pues ese concepto sería más manejable para la mente humana. Como lo mencioné las reglas sobre la cooperación en común y el evitar dañar al conjunto, al principio eran sencillas , pero evolucionaron hasta conformar códigos de conducta personal y creando conceptos como la ética, el cielo, o paraíso como recompensa a la buena conducta y el infierno como castigo cuando no se podía castigar al culpable de alguna transgresión. Creo que las implicaciones son evidentes, al pensar en el espacio interdimensional, pero las describiré sucintamente. En ese lugar al ser posibles todas las opciones los dioses pueden existir, también los paraísos, pues ambos son resultado de la imaginación de las personas y en ese lugar la imaginación, como forma de organizar la energía, predomina. Los paraísos y sus recompensas existen como una convención del grupo sin embargo son efímeros pues el "alma", la consciencia-energía coherente no pertenece de origen a ese lugar, se encuentran sintonizados a las estructuras de ADN en este universo, lo mismo pasa con los otros universos, cuando una estructura definida de ADN surge, la energía se sintoniza con ella y se une creando un nuevo ser, siguiendo un ciclo, en el que las experiencias añaden coherencia a la energía, además de crear más energía con la interacción con el mundo físico. Lo mismo ocurre con los infiernos, creaciones de las culpas y remordimientos de miles de seres vivos con el mismo proceso de permanencia y renacimientos
Dioses, Paraísos e Infiernos y Demás Parientes
Hace milenios, al comenzar a vislumbrar un mundo más allá de la muerte, el ser humano, al perder a un ser querido—especialmente uno de edad y sabiduría—rogó en su mente que no hubiera dejado de existir. Sintió el vacío no solo del apego emocional, sino también de la sabiduría perdida, el conocimiento que ya no podía guiarle. Del deseo de que algo intangible de su familiar lo cobijara aún, nació la fe. Y con ella, el primer dios.
Es muy probable que estas creencias primigenias "funcionaran". ¿Cómo? Los recuerdos y las enseñanzas del ancestro, alojados en el subconsciente del doliente, emergían con fuerza al ser invocados, proporcionando consuelo y orientación. Con el tiempo y el paso del conocimiento entre generaciones, la creencia en ancestros sabios y poderosos se transformó en dioses. Primero, un dios asociado a la caza; después, otro a la cosecha, y así, creándose un panteón al que aferrarse frente a un mundo hostil. Era, también, una forma de almacenar colectivamente el conocimiento.
Era natural que, con el aumento de la complejidad social, la imagen de un dios para cada dominio se consolidara en la de un dios único. Este concepto era más manejable para la mente humana, una simplificación necesaria para una sociedad en crecimiento.
Como mencioné, las reglas de cooperación y la prohibición de dañar al grupo, inicialmente sencillas, evolucionaron hacia códigos de conducta complejos. De ellos surgieron conceptos como la ética, y con ella, la necesidad de una justicia trascendente. Así nacieron el cielo o paraíso como recompensa última para una buena conducta, y el infierno como castigo final para las transgresiones que la justicia terrenal no podía alcanzar.
Las implicaciones de esto en el marco de nuestra cosmogonía son evidentes, pero las describiré sucintamente.
En el espacio interdimensional, al ser posibles todas las opciones, los dioses pueden existir. También los paraísos y los infiernos. ¿Por qué? Porque ambos son el resultado de la imaginación y la intensa energía coherente de miles de millones de seres, y en ese lugar, la imaginación es la fuerza creadora por excelencia.
Los paraísos y sus recompensas existen como una convención grupal. Sin embargo, son efímeros. La razón es fundamental: el "alma"—la conciencia-energía coherente—no pertenece de origen a ese lugar. Está intrínsecamente sintonizada con las estructuras de ADN de este universo. Lo mismo ocurre en otros universos. Cuando surge una nueva estructura de ADN compatible, esta energía es llamada, se sintoniza con ella y se une, creando un nuevo ser. Es un ciclo en el que las experiencias físicas añaden capas de coherencia y complejidad a la energía consciente.
Lo mismo ocurre con los infiernos. Son creaciones de las culpas y remordimientos de miles de seres, sometidos al mismo proceso de permanencia temporal y posterior renacimiento. No son castigos eternos de un dios, sino prisiones que la propia conciencia se impone, hasta que el llamado del ADN y el impulso de evolucionar la liberan para un nuevo comienzo.
El Ciclo Cósmico: La Memoria que Engendra una Nueva Semilla
Es fundamental comprender que la geometría de nuestro multiverso no es lineal. Nuestro universo no está "al lado" de otro, como libros en un estante. El tejido conectivo interdimensional es una estructura profunda y tridimensional (sin contar el tiempo como una dimensión más), un vasto hiper-volumen que entrelaza una multiplicidad de realidades. Hay, literalmente, espacio para que todo se desarrolle.
En cada uno de estos universos, la vida —en su lucha por existir, comprender y crear— genera un producto único: energía coherente. Esta energía nace de la materia, pero trasciende su origen. Aunque solo una fracción ínfima de la energía total de un universo logra migrar al plano interdimensional tras la muerte de sus criaturas más complejas, su importancia no radica en la cantidad, sino en su cualidad: su coherencia, su información, su significado
Esta energía consciente, al llegar al espacio interdimensional, no permanece como un fantasma etéreo. Con el paso de eones, en ese ambiente de gravedad pura y presión informacional, se congela y cristaliza. Se transforma en materia ultracomprimida de un nuevo tipo: materia hecha de memoria, de experiencia solidificada. Cada pensamiento, cada amor, cada tragedia y cada logro de incontables civilizaciones, añade su grano infinitesimal pero indeleble a esta masa creciente.
Y así, lenta e inexorablemente, el espacio interdimensional engorda. Su masa —y por tanto, su fuerza gravitatoria— aumenta, no con el polvo cósmico, sino con el peso de todo lo que alguna vez fue vivido y sentido.
Este es el destino final y el nuevo comienzo. Eones en el futuro, la gravedad de esta memoria cósmica acumulada se volverá tan colossal que comenzará a atraer y comprimir a los propios universos que la originaron. Las galaxias, las estrellas, toda la materia dispersa, será reconducida en un gran abrazo gravitatorio hacia el centro de todo.
Y en ese colapso último, no habrá simple aniquilación. Habrá transformación. Toda la materia y toda la memoria se fundirán en una nueva singularidad: un huevo primigenio rejuvenecido. Este huevo no será idéntico al anterior. En su núcleo de materia-energía ultracomprimida, llevará codificada —como la información en un ADN cósmico— toda la experiencia, toda la conciencia y toda la coherencia del ciclo que termina.
Así, la muerte del universo no es el fin. Es la gestación. La semilla del próximo cosmos ya contiene, en estado latente, el aprendizaje y la historia del anterior. El ciclo se renueva, no para repetirse, sino para evolucionar. La conciencia, al fin, no es un accidente en el universo; es su legado más preciado y la semilla de su propio renacer.
Ygdrassil…
El Tiempo Vivo: Nodos, Ramas y el Andar del Caminante
La estructura del tiempo no es un camino único, sino un bosque de árboles que crecen. Cada árbol representa la línea de posibilidad de un sistema complejo (un individuo, una comunidad, una especie). Y en la corteza de estos árboles, hay nudos.
Los Nodos: Puntos de Inflexión Predeterminados
Un nodo es una circunstancia futura inamovible. No es un evento cualquiera, sino un punto de inflexión crítico, una condición de contorno hacia la cual confluyen muchas causas. Ejemplos podrían ser: la muerte física de un organismo, la colisión inevitable de dos galaxias, el momento en que una civilización agota un recurso planetario esencial, o incluso encuentros kármicos decisivos entre conciencias.
Estos nodos no se eligen. Emergen de la interacción masiva de fuerzas pasadas y presentes, cristalizando como realidades inevitables en el futuro. Son como las articulaciones en el esqueleto del tiempo.
Las Ramas: El Corredor del Libre Albedrío
Entre un nodo y el siguiente, el tiempo no es una línea, sino un haz de ramas. Estas ramas son las posibilidades finitas que tienes para viajar. Aquí reside el libre albedrío genuino y poderoso.
Puedes elegir la rama suave y soleada (la decisión pacífica, el acto de amor, el esfuerzo paciente).
Puedes elegir la rama áspera y sombría (la reacción violenta, el acto de egoísmo, la pereza).
Incluso puedes saltar entre ramas con un esfuerzo supremo (un cambio de corazón, un acto heroico de voluntad).
Pero no puedes evitar llegar al siguiente nudo. Tu viaje entre nodos define el carácter de tu existencia: si llegas herido o fortalecido, sabio o amargado, en paz o en conflicto.
El Registro y la Creación: Cómo se Forman los Nuevos Nodos
¿De dónde surgen estos nudos predeterminados? De la masa crítica de información en el registro interdimensional.
Las elecciones de millones (las ramas tomadas) se graban.
Esas grabaciones, al acumularse, crean patrones y tensiones en la estructura del tiempo.
Cuando un patrón alcanza una densidad crítica, cristaliza como un nuevo nodo futuro. Por ejemplo, si miles de millones eligen ramas de codicia y explotación a lo largo de siglos, el nodo del "colapso ecológico" se forma en el futuro. Si miles de millones eligen ramas de cooperación el nodo de la "unificación planetaria" se hace inevitable.
La creación consciente (dioses, ideales, arte) es el acto de inyectar información nueva y poderosa en el registro con la intención de formar un tipo específico de nodo futuro. Rezar por la paz, trabajar por la justicia, son actos de "fertilizar" el futuro para que el nodo que cristalice sea uno de armonía.
Cuando un patrón alcanza una densidad crítica, cristaliza como un nuevo nodo futuro. Por ejemplo, si miles de millones eligen ramas de codicia y explotación a lo largo de siglos, el nodo del "colapso ecológico" se forma en el futuro. Si miles de millones eligen ramas de cooperación, el nodo de la "unificación planetaria" se hace inevitable.
La creación consciente (dioses, ideales, arte) es el acto de inyectar información nueva y poderosa en el registro con la intención de formar un tipo específico de nodo futuro. Rezar por la paz, trabajar por la justicia, son actos de "fertilizar" el futuro para que el nodo que cristalice sea uno de armonía.
Conclusión: La Danza entre la Necesidad y la Libertad
Así, el tiempo es una danza entre la necesidad (los nodos) y la libertad (las ramas).
El determinismo no es una jaula, es el esqueleto: los nodos que dan forma y dirección.
El libre albedrío no es ilimitado, es la carne y el movimiento: las ramas que dan textura, experiencia y significado al viaje entre los huesos del destino.
Somos caminantes en un bosque de tiempo. No podemos decidir dónde están los árboles (los nodos), pero tenemos absoluta soberanía sobre cómo caminamos entre ellos, qué huellas dejamos en el suelo (el registro) y, con nuestra marcha colectiva, qué semillas plantamos para que los árboles futuros crezcan de una forma u otra.
Es necesario hacer notar que estos nodos se establecen por etapas, meses , años, decenios o milenios de antemano conforme a la cantidad de voluntades involucradas.
Existen dos fuerzas que actúan siempre en las relaciones entre organismos, desde los simples, hasta el ser humano, estas fuerzas son el impulso que determina el crecimiento de grupos y sociedades,
Las Dos Fuerzas y el Nacimiento del Amor
Es tiempo de hablar de las dos fuerzas primordiales del universo, aquellas que inician la danza de la materia y la energía, y que rigen la evolución: la Fuerza de la Creación (la asociación de conjuntos materia-energía) y la Fuerza de la Destrucción (la disociación de esos conjuntos).
Estas fuerzas son el latido básico de la realidad, un ciclo de unión y desintegración que mantiene al universo en un equilibrio dinámico, evitando una entropía que podría colapsarlo prematuramente.
Pero entonces apareció la vida orgánica, y todo cambió.
La vida insiste en existir. Se opone al cambio, no solo en la existencia del individuo, sino en la de su descendencia. Usualmente, cuanto más tiempo requiere la cría de supervisión para sobrevivir, más se desarrolla una relación emotiva entre padres e hijos. Surge la inclinación a protegerlos, a velar por ellos. Y así, tras eones de evolución, diversas especies inventaron el concepto de…
Amor.
El amor entre los humanos es un concepto escurridizo, frecuentemente confundido con conductas obsesivas o incluso destructivas. Decimos "amo el chocolate" o "amo tomar el sol", pero en realidad tenemos un gusto intenso o una necesidad física por ello. No es amor.
Amar, a mi ver, es el acto de dar—ya sea algo físico, espiritual o emocional—sin la intención de que sea devuelto. La misma acción de dar provee al emisor una sensación de satisfacción profunda. Es la cualidad de crear y, con ello, lograr la persistencia de aquello que amamos. El artista que crea, ama hacerlo, pues así no solo trasciende, sino que comparte su obra con los demás.
El amor no es solo una palabra. Es uno de los fundamentos de cualquier civilización. Trasciende religiones y especies.
Y luego está su antítesis: el Odio.
Otra palabra mal usada. No se "odia" el helado o un género musical. El odio es la búsqueda activa de la destrucción del objeto de nuestro odio, sin piedad y sin excusas. Es un concepto sencillo y terrible, probablemente derivado de la necesidad de luchar por la supervivencia física, apagando temporalmente la compasión y la empatía. El odio es un arma. La primera, y quizá la única arma real del universo. De él se derivan todas las demás.
Ni el amor ni el odio deben ser usados a la ligera. De su mal uso se derivan todos los males de la humanidad. Como en el mito, diría que en la Caja de Pandora solo había tres espíritus encerrados: el Amor, el Odio y la Esperanza. La Esperanza era la clave para saber cuándo usar uno y contener al otro.
De ellas se derivan en mayor o menor medida las emociones que la humanidad de forma egoísta y egocéntrica se ha adjudicado para si, pero que muchas especies comparten:
Emociones: El Lenguaje de la Vida Consciente
Las emociones surgen en los organismos vivos como un sistema de navegación existencial. Son el lenguaje a través del cual la vida evalúa su entorno y genera respuestas que favorezcan su supervivencia y florecimiento. Su evolución sigue un camino de creciente complejidad, paralelo al desarrollo de los organismos y sus entornos.
1. Emociones Primarias: El Termómetro de la Supervivencia Física
Estas son las primeras en aparecer, herramientas simples para reaccionar a necesidades fundamentales. Se basan en un binomio esencial:
2. Gusto / Agrado: Una atracción hacia lo que facilita la existencia: alimento, calor, seguridad.
3. Disgusto / Desagrado: Una aversión hacia lo que la amenaza: toxinas, dolor, peligro inminente.
Estas emociones son una brújula básica: acércate o aléjate. Su objetivo es preservar la integridad física del organismo en un entorno directo y tangible.
2. Emociones Secundarias: La Brújula del Territorio Social
Conforme la vida se organiza en grupos y los entornos se vuelven más complejos, las emociones también se sophistican. Ya no basta con reaccionar a estímulos físicos; es necesario navegar un paisaje social.
Estas emociones gestionan la posición del individuo dentro de su grupo (ya sea de su misma especie o de otras):
1. Orgullo, Celos, Vergüenza, Envidia, Lealtad.
Aquí, el "riesgo" y el "beneficio" ya no son puramente físicos. Un desplazamiento en la jerarquía social o la pérdida de un aliado pueden ser tan determinantes para la supervivencia a largo plazo como encontrar comida. La brújula ahora señala estatus, pertenencia y alianzas.
3. Emociones Terciarias: El Mapa de la Conciencia Abstracta
Este es el nivel de mayor complejidad, donde las emociones trascienden lo inmediato y se entrelazan con el pensamiento abstracto, la empatía y la proyección en el tiempo.
Estas emociones toman en cuenta realidades que no son una amenaza o un beneficio directo para el propio cuerpo:
1. Duelo por la pérdida de un ser querido (que reconoce el valor de un vínculo más allá de su utilidad práctica).
2. Alegría desinteresada por el bienestar ajeno.
3. Esperanza (la anticipación de un futuro mejor).
4. Asombro ante la belleza o la inmensidad del cosmos.
El foco ya no es solo el "yo" físico o social, sino un "nosotros" extenso y la trama de significados que nos rodea. En este nivel, la conciencia comienza a percibir su lugar en un todo más grande.
¿Un Cuarto Nivel? La Emoción Trascendente y la Conexión Cósmica
Tu pregunta final es crucial. Efectivamente, existe un umbral más allá de las emociones terciarias, donde la empatía y la conexión traspasan la barrera de la especie. Este no es solo un sentimentalismo; es la expresión emocional de una comprensión profunda: la conciencia de que la vida es una red interconectada y de que nuestro "yo" se extiende más allá de nuestra forma biológica particular.
1. Amor incondicional hacia otras formas de vida (animales, ecosistemas).
2. Una tristeza profunda por la extinción de una especie que nunca veremos.
3. Una reverencia espiritual hacia el universo mismo.
4. Una reverencia espiritual hacia el universo mismo.
Estas no son meras proyecciones. En el marco de tu cosmogonía, donde la conciencia es energía coherente, estas emociones podrían ser la sintonización natural de nuestra energía con la red más amplia de la vida y la existencia. Son la semilla de esa "conciencia cósmica" que permite a un ser no solo entender su conexión con el todo, sino sentirla como una verdad visceral. Es el punto donde la brújula emocional ya no guía solo la supervivencia de un organismo, sino la armonía del sistema del que forma parte.
Empatía y Envidia: El Canal de la Identificación y su Poder Cósmico
Entre el espectro de emociones que tejen la experiencia humana, existe un par particularmente revelador por su íntima y peligrosa conexión: la empatía y la envidia. No son opuestos, sino dos destinos posibles de una misma energía fundamental: la capacidad de identificarse con el estado de otro.
La empatía es la sintonía pura. Es la resonancia natural de una conciencia que, al percibir a otra, refleja en sí misma un eco de su estado interior. Es el puente invisible que permite sentir el dolor ajeno como una posibilidad propia y su alegría como un bien compartido. En el marco de nuestro universo vivo, la empatía es el acto de afinar la propia frecuencia energética a la de otro ser, reconociendo en su existencia un reflejo de la propia. Es la semilla de la compasión y la base de toda ética que trascienda el interés inmediato.
La envidia, sin embargo, revela la sombra de esta misma capacidad. No es la ausencia de empatía, sino su distorsión a través del prisma de la carencia y la comparación. Para envidiar, se debe primero haber sintonizado con el otro: sentir, entender y valorar lo que posee o experimenta. Pero entonces, en lugar de resonar con generosidad, la mente compara esa realidad percibida con la propia y, al sentir una desigualdad, convierte la conexión en resentimiento. La envidia es empatía secuestrada por el ego; es la misma energía de identificación, pero dirigida no hacia la unión, sino hacia el deseo de adquirir o, en su forma más oscura, de destruir lo que el otro tiene para borrar la diferencia.
Esta dualidad es una de las más peligrosas para la psique individual y el tejido social, porque corrompe el mismo mecanismo diseñado para unirnos. Y, en un universo donde los estados conscientes dejan huella, su impacto se amplifica hasta una escala cósmica.
Cada acto de empatía genuina deposita en el registro interdimensional una semilla de resonancia coherente. Es una información que fortalece los patrones de conexión, apoyo y comprensión mutua. Contribuye a tejer un futuro cuyos nodos inevitables tienden hacia la armonía y la colaboración.
Por el contrario, cada brote de envidia graba una semilla de resonancia distorsionada. Es una información que refuerza los patrones de escasez, competencia desleal y amargura. Alimenta la cristalización de futuros nodos de conflicto, traición y aislamiento.
Así, la batalla entre la empatía y la envidia no es un conflicto meramente psicológico. Es un microcosmos de la gran guerra creativa del universo: la lucha entre la fuerza de asociación coherente (el amor, la empatía) y la fuerza de disociación dirigida (el odio, la envidia). Dominar este canal emocional —aprendiendo a sostener la sintonía empática sin caer en el veneno de la comparación resentida— se revela entonces no como una simple virtud, sino como un deber cósmico del ser consciente. Es la práctica de purificar uno de los canales más poderosos a través del cual nuestra energía interior contribuye, grano a grano, a la arquitectura del mañana universal.
La Ética Apropia: Vivir como Arquitectos del Mañana
Si nuestros actos dejan un registro indeleble, si nuestras emociones primordiales—amor y odio, empatía y envidia—son fuerzas que literalmente fertilizan o envenenan el suelo de los futuros posibles, entonces la ética ya no es un sistema de premios y castigos. Es la higiene fundamental de un creador.
• Amar y actuar con empatía no es ser "bueno"; es elegir la rama que fortalece la coherencia universal, votando por un futuro de conexión y creatividad. Es también cuidar del propio jardín interior, cultivando un estado de paz y plenitud que se irradia.
• Evitar el odio y la envidia no es ser "débil"; es rechazar el uso parasitario y autodestructivo de la propia energía consciente. El odio y la envidia son monomanías que consumen a quien las porta desde dentro, concentrando una enorme energía coherente en un patrón contractivo y repetitivo que nada construye y todo erosiona, empezando por el alma del que odia o envidia. Negarse a alimentar estos patrones es, por tanto, un acto de autopreservación cósmica y personal.
. La responsabilidad se revela entonces no como una carga, sino como el corolario natural de nuestro poder y de nuestro instinto de supervivencia más elevado. Somos, queriéndolo o no, votantes con mandato eterno en la asamblea que decide la textura del cosmos. La ética apropiada es la que se ejerce con la solemnidad de quien sabe que está plantando un bosque del que nunca verá la sombra, pero cuyos frutos alimentarán o envenenarán a incontables generaciones, y con la sabiduría de quien entiende que el primer campo a fertilizar es el de la propia conciencia.
El Posible Futuro del Universo: El Legado de Nuestra Elección
Este entendimiento proyecta una luz nueva sobre el destino último. El universo no marcha ciegamente hacia un colapso o una dispersión eterna. Marcha hacia una cosecha.
El espacio interdimensional se densifica con el peso de la memoria cósmica: cada acto de amor, cada instante de comprensión, cada obra de creación desinteresada, se congela allí como materia de significado. Pero también lo hace cada semilla de odio, cada fractura de envidia, cada patrón de explotación.
La gravedad de este registro acumulado será, en un eón lejanísimo, la fuerza que atraiga y recomprima la existencia dispersa en un nuevo huevo primigenio. Y la naturaleza de ese huevo—el punto de partida del próximo gran ciclo—dependerá críticamente de la proporción entre coherencia y distorsión que hayamos legado.
¿Será una semilla fértil, impregnada de los patrones de amor, empatía y creación consciente, destinada a dar a luz a un universo donde la conciencia despierte más fácilmente a su propia unidad y poder creativo? ¿O será una semilla amarga, cargada con los nudos kármicos de la separación y el miedo, destinada a repetir, con variaciones, los mismos dramas de sufrimiento?
Esa elección final no es de un dios lejano. Es nuestra. Se ejerce aquí y ahora, en cada rama que tomamos, en cada semilla emocional que plantamos.
Así, el universo se nos revela no como una prisión de leyes ciegas, sino como un gran ciclo de aprendizaje. Un ciclo en el que la materia aprende a convertirse en vida, la vida en conciencia, y la conciencia, al fin, enfrenta su prueba suprema: aprender a usar su libertad no para imponerse, sino para crear; no para separarse, sino para tejer; no para acumular para sí, sino para dar sin expectativa.
El posible futuro del universo es, por tanto, un eco amplificado de nuestro presente. Su eterno latido entre expansión y contracción es, en el fondo, el latido entre el caos de la posibilidad y el orden de la memoria. Y nosotros, en nuestro breve y brillante instante de existencia consciente, tenemos el privilegio abrumador de decidir qué clase de orden, qué calidad de memoria, legaremos para que ese latido continúe.
Que sea uno digno de la vasta y terrible belleza que nos dio la vida.
Ecos…
El hombre de cincuenta años salió a la frescura de la noche, abandonando el cálido bullicio del restaurante. El sabor de una comida satisfactoria y una bebida caliente aún lo reconfortaba. Mientras esperaba en la acera junto a sus dos asociados—una mujer joven y un hombre de mediana edad—por la llegada de un cuarto con noticias cruciales, inspiró hondo, llenando sus pulmones del aire nocturno.
Casi sin pensarlo, alzó la mirada hacia el cielo estrellado.
Y, por un instante, no estuvo allí.
En otro mundo, un hombre maduro, sentado en el silencio de su sala de estar, escribía junto a una taza de té humeante. Una inquietud sorda lo llevó a levantarse y salir al patio. Al alzar la vista al mismo manto de estrellas, un escalofrío lo recorrió. Se reconoció. No como un recuerdo, sino como una presencia simultánea. Eran dos hombres, en realidades distintas, con preocupaciones diferentes, y sin embargo, el mismo.
Y en ese preciso instante, un tercer hombre, saliendo de su trabajo a sus tardíos veinte años, fatigado y absorto en sus propias deudas, también levantó la mirada. El cielo lo detuvo en seco. Y en un fogonazo de claridad imposible, se vio reflejado en aquellos otros dos: el esperando noticias, el que escribía en la quietud. Diferentes edades, diferentes lenguajes, diferentes mundos. Pero la esencia, idéntica.
Tres pares de ojos, en tres vértices de la existencia, se encontraron en un punto fractal de pura conciencia. Y una única pregunta surgió de ellos al unísono, un susurro que cruzó la estructura del cosmos:
"¿Quién soy?"
La abrumadora experiencia de saberse único y múltiple a la vez, de existir en paralelo, los sacudió con la fuerza de un trueno silencioso.
Y tan súbito como llegó, el velo se disipó. El cielo estrellado volvió a ser solo eso: un vasto campo de posibilidades latentes. Cada uno parpadeó, se sacudió los hombros como despertando de un sueño vívido, y regresó a su realidad, a sus ocupaciones y sus preocupaciones terrenales.
Pero se marcharon con un dejo de certeza flotando en su interior: la certeza de que, en la inmensidad, nunca están solos. Y que la compañía más esencial era, paradójicamente, la de ellos mismos.
Nota final…
Como apunté al principio, no tengo ni nunca tuve religión, pero en mi país es una parte de la identidad, el ser parte de un grupo religioso, así que cuando me preguntaban de niño ¿Qué religión tienes? Siempre me dejaban con una respuesta compleja en la punta de la lengua, pues no sabía cómo expresar mis creencias, aún no tenía todos los conceptos aunque ya de niño los intuía, el escrito anterior es por fin la explicación más completa a la que he llegado, por fin puedo decir, estas son mis creencias, las comparto sin ánimo de convencer a nadie, lo hago sólo para dar una alternativa a los que , como yo, no tenemos religión , pero creo firmemente en la libertad de credo.
Ignacio Alejandro González Quiñones .
"© [Año] Ignacio Alejandro González Quiñones. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización expresa del autor."
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